jueves, 2 de julio de 2020

Etiquetas


     Hoy en día, cuando vamos a comprar, es muy fácil distinguir los productos no sólo porque en muchos casos podemos ver el contenido de sus envases, si no por las etiquetas identificativas de los mismos. Así podemos saber qué fabricante ha hecho determinado producto, de dónde viene, e incluso su composición. Eso nos lo pone todo más fácil, ¿verdad? Tenemos todos claro que una etiqueta es lo que da identidad a un producto.
     ¿Y con las personas? De primeras, puede parecer muy fuerte el compararnos con productos; y sin embargo, lo hacemos casi de continuo, para poder distinguirnos a unos de otros, como si tuviéramos la increíble e imperiosa necesidad de distinguirnos de los demás; y para ello, no dudamos en etiquetarnos de mil y una manera diferentes. Podemos identificarnos como hincha de un equipo de fútbol, por nuestras tendencias ideológicas, nuestras aficiones en las que destacamos, el sobrenombre o mote entre nuestros allegados, nuestra profesión… Tal vez en una necesidad de buscar nuestra propia identidad, aunque para ello nos estemos “apuntando” a determinados colectivos (Irónico, ¿verdad?); o por el deseo de sentirnos aceptados y queridos por los demás.
     Y también, (y esto podría resultar preocupante) lo hacemos pera describir o distinguir a los demás. Podemos hacerlo para distinguir a un Antonio de otro (cuando conocemos a varios), o para asegurarnos de que estamos hablando de una persona de los interlocutores desconoce el nombre, pero más o menos, por el resto de descripciones (etiquetas) sí nos hacemos una idea de quién es.
    Y ahora viene la parte a donde empieza mi inquietud: cada vez con más frecuencia, para señalar y atacar al prójimo. De unos años a esta parte (aunque en estos meses recientes la cosa se ha acentuado más), cada vez leo y oigo cómo personas señalan a otras personas con etiquetas acusándolas de pertenecer a agrupaciones y colectivos que el acusador considera negativos y que es lo peor que se le puede ocurrir hacia una persona; marcándola y señalándola de la misma manera que los nazis marcaban a los judíos, o los protestantes en América del Norte marcaban con una “A” de color escarlata y bien visible a las personas adúlteras, para humillarlas delante de toda la comunidad.
     Una vez más, las personas estamos utilizando una herramienta que es útil, para atacar y hacer daño. ¿Y todo para qué? ¿Para satisfacer nuestro ego quedando por encima del otro, machacándolo, pisoteándolo, y buscando hacerle daño?
     Os propongo que cambiemos el chip, pues se nos está olvidando una etiqueta muy importante; una que nos describe, que dice de dónde venimos (una denominación de origen genuina), que dice (como en los pueblos antiguamente) “¿De quién eres?”, y que deberíamos darle mucha más importancia que a aquellas que mencionaba en el segundo párrafo. Aquí os la dejo.

lunes, 30 de marzo de 2020

La Nueva Lepra


    Notó su presencia mucho antes de verlo, pues el inconfundible sonido de las campanillas que portaba, revelaba su proximidad; aún así, para que no hubiera confusión posible, iba alertando con su propia voz: “טָמֵא טָמֵא" (támé, támé = impuro, impuro). No se movió de donde estaba, ni siquiera mostró intención de hacerlo. Al poco, le vio aparecer tras un recodo, cubierto de pies a cabeza con un manto que dejaba entrever un rostro cubierto de vendajes, al igual que brazos y piernas. Con una de sus manos sostenía un cayado del cual colgaba las campanillas que alertaban de su presencia. “ טָמֵא טָמֵא" seguía diciendo con una voz que se iba quebrando. Cuando sus miradas se cruzaron, se quedó inmóvil, esperando a que se marchara. Pero no se marchó; le miró con compasión, y le hizo un gesto para que se acercara. “ טָמֵא" insistió él, pero no vio que no se movía, si no que seguía insistiendo para que fuese hasta donde estaba. Las dudas y el miedo le recorrían por dentro; sabía cual era la ley, y se esforzaba en cumplirla; no sólo por evitar el posible castigo, si no también para evitar pasar su mal a cualquier otra persona. Una vez más, y sin palabras, le invitó a acercarse; el enfermo de lepra, primero con dudas, y sin dejar de temblar, empezó a encaminarse hacia él: “ טָמֵא" seguía diciendo temblorosamente “ טָמֵא" insistía mientras se le acercaba “ טָמֵא" siguió, ya sollozando mientra él, en silencio, le abrazó. Era la primera vez en años que alguien no solo no huía de su presencia, si no que sentía el calor humano del contacto con otra persona; la primera vez que alguien no reaccionaba con repulsa, o desprecio por su condición “producto de su pecado, o el de sus padres”.
     El calor de aquel abrazo, le dio algo más: iba sintiendo que las fuerzas volvían a su cansado y maltratado cuerpo, que esa sensación tanto física como moral de estar cayéndose a trozos, desaparecía. El contacto del abrazo fue finalizando de forma suave, y con una mayor ausencia de palabras con la que había comenzado. El extraño le sonrió y asintió con la cabeza, mientras él, notando una extraña sensación, se llevó las manos al rostro, y comenzó a palparlo por encima de las vendas que lo cubrían. ¿Podía ser? ¡Imposible! Y sin embargo… ahí notaba su nariz, donde desde hacía meses no estaba; sus pómulos volvían a mostrarse firmes al tacto; aquello debía de ser un sueño. Con temor a que no fuera real, pero apresurado también con la esperanza de que sí lo fuese, fue retirándose las vendas, y se tocó, ahora sí sin nada interponiéndose, su rostro entero. Esta vez, el sollozo no articulaba palabra alguna; era un llanto de felicidad al ver que estaba curado. Aún incrédulo, alzó la mirada hacia aquel hombre que, por primera vez en años, le había tratado como un ser humano, en lugar de como un despojo; mas no le vio en el lugar que antes ocupaba. Aquello no podía quedar así; sentía, SABÍA que aquel extraño había sido el artífice de aquel milagro inimaginable, y el corazón le impulsaba a buscarle para mostrarle, con sus ojos aún inundados por las lágrimas, su agradecimiento.

    En tiempos de Jesús, los leprosos eran separados de la sociedad (Lv 13); no podían acercarse a las personas sanas, las cuales, tampoco podían acercarse a ellos para no quedar “impuros”. De hecho, mientras se desplazaban de un lugar a otro, tenían que ir tocando una campanilla mientras gritaban “¡impuro, impuro!” para que nadie se les acercara. Si alguno de ellos sanaba, solo los sacerdotes podían declararlos curados, “puros”. Entonces, y sólo entonces, podían reintegrarse a la sociedad.
     Suena fuerte, ¿verdad? ¿Os suena de algo? Con el tema actual del “Coronavirus” parece que tenemos una nueva lepra que prácticamente nos aparta, nos separa, nos niega ese contacto y calor humano. Cierto es que la alta virulencia y la facilidad de contagio hace que el temor a caer enfermos y transmitir ese mal a quienes queremos, nos hace crear esa pantalla protectora, esa barrera que es la distancia entre las personas. Veo con preocupación, que hay quien pretende separar a la población entre “contagiados” y “sanos”, en una suerte de “puros e impuros”, e incluso quienes se atreven a afirmar que, quienes están contagiados, se lo han buscado ellos mismos por haber cometido alguna imprudencia que les ha expuesto a ello (“fruto de su propio pecado”). ¿De verdad nos estamos deshumanizando tanto? ¿Realmente podemos llegar a ser tan crueles? No es una actitud nueva: ya se puso de manifiesto con la crisis del Ébola, o incluso, años más atrás, con el SIDA cuando apareció en nuestras vidas; siempre era algo que le pasaba a los demás, o a quién “hacía lo que no debía”… hasta que acababa uno siendo golpeado en propias carnes por ese mal, o uno de sus allegados era el afectado. Y entonces, ¿qué? Entonces el enrabietarse con el mundo y con Dios pidiéndole explicaciones de por qué “nos ha tocado la china” (con perdón de la expresión), sin pararnos a pensar en cual era nuestra actitud previa al respecto, y con los aquejados del mal. A lo mejor (a lo mejor), en ese momento es cuando empezamos a experimentar ese aislamiento, ese ser “impuro”, y nos entristecerá el ver que no quieren nada con nosotros; que, de repente, hemos pasado a estar en la otra orilla, y nos preguntaremos con amargura qué le sucede a la gente, y cómo pueden ser tan insensibles hacia nuestro dolor ya no sólo físico a causa del mal, si no también emocional.
     Quiero pensar que a lo mejor estoy exagerando, que no hay gestos de ese tipo, y que no se está condenando al ostracismo a las pobres personas aquejadas por este nuevo mal que tan rápidamente se ha extendido por el planeta. Quiero pensar que gestos como el que vimos la semana pasada, de vecinos de la Línea de la Concepción recibiendo a pedradas, insultos y rechazo a un autobús lleno de gente mayor, evacuada de una residencia de ancianos, se tratan de casos aislados. Y desde ahí, pregunto: ¿Cuál es nuestra actitud ante estas personas que están pasando por un momento de salud tan delicado y están tan vulnerables? ¿Somos capaces de amarlos como lo que son; hijos e hijas de Dios, y como tales, nuestros hermanos? ¿O con la excusa del miedo a contagiarnos les condenamos a ese estado de marginalidad social, apartándolos como apestados, como los nuevos leprosos “טָמֵא" de este año 2020?


viernes, 31 de enero de 2020

La vacuidad de los quereres




     “Te quiero con locura” “Es imposible quererte más” “Eres lo más importante que me ha pasado en la vida” “Me muero si no estás” “No sabría qué hacer sin ti” ¿Os suena? Diariamente observo este tipo de mensajes entre la gente en RRSS (Redes Sociales; sé que en principio, la explicación sobra; pero, por si acaso, hago la aclaración), y no puedo evitar esbozar una sonrisa irónica que oculta cierta tristeza. Tal vez es porque me he pasado más de media vida observando comportamientos ajenos, pero casi soy capaz de predecir con precisión lo que pasará a continuación.

     Y es que, aunque no lo creáis, esas expresiones tan superlativas del querer, en su gran mayoría, acaban desapareciendo como por arte de magia; a veces, de forma tan rápida, que el desconcierto en muchos de los testigos de esos quereres es enorme; en otros casos, esos afectos van diluyéndose poco a poco, hasta que se acaba en una total indiferencia.

     Llamadme exagerado, pero ¿no os da la impresión de que cada vez nos estamos volviendo un poco más excesivos (por no decir “extremistas”) en todo? Se pasa de unos amores y quereres superlativos, desproporcionados y con la imperiosa necesidad de gritarlo a los cuatro vientos (y por que no hay 8, 16 o 32, que si no…), a una indiferencia tremenda, como si la otra persona no hubiera existido en nuestras vidas, o tuviera la misma relevancia que la mota de polvo del mueble de la tele (eso en el mejor de los casos); o a un odio visceral hacia el otro.

     Sería muy injusto achacar este comportamiento sólo a nuestros adolescentes, de los cuales, al tener la inestabilidad emocional que les provoca tanto cambio físico, se supone que es de esperarse. Pero no, damas y caballeros; es un comportamiento que cada vez se ve más generalizado, abarcando todo rango de edades. Recuerdo haber dicho a los protagonistas de dichas proclamas: “Me hacen mucha gracia vuestros tesuperquiero y teultraadoro, y la ligereza con la que os lo soltáis, cuando, en muchas ocasiones, al poco tiempo, de eso no hay nada; o se lo estáis diciendo a otra persona” No les hacía ni pizca de gracia, claro; ¿Cómo me atrevía a ridiculizarles y poner en duda sus sentimientos? Pues tal vez, porque desde mi experiencia, sé que esas relaciones tan profundas, no se forman de manera espontánea de la noche a la mañana; si no que hay mucho trato detrás, mucho roce, muchas vivencias compartidas; y sí, algún que otro malentendido, enfado, y confusión. Me da la impresión de que tendemos a ese magnificar la expresión de afecto por varios motivos que me gustaría desgranar a continuación.

   1º Convencernos a nosotros mismos, y reafirmarnos por encima de toda duda acerca de nuestros sentimientos hacia la otra persona; en este aspecto, tenemos una variante de la expresión “El amor es ciego” que he dado en llamar “Miopía selectiva”, por la cual, aun siendo consciente de los rasgos que menos nos agradan de la otra persona, nos negamos a verlos.

   2º Convencer a la otra persona: y es que, sentimos que nos han engañado tanto, tan profundamente, y tantas veces, que necesitamos convencer a la otra persona que nuestras palabritas no son de esas que se lleva el viento, y que nosotros “no somos como los demás”

   3º Porque no sabemos gestionar bien nuestros sentimientos. Estamos acostumbrados a que se nos educa en el ser prácticos, y se pasa muy de puntillas sobre lo que es sentir, o buscar las causas de lo que nos provocan las emociones como la simpatía hacia otra persona, el dolor, la tristeza… Si un médico busca el diagnóstico de lo que nos pasa para saber cómo tratarnos, ¿por qué no cuidar igualmente esta parte que rige nuestras vidas también?

   4º Por competencia pura y dura: en este mundo en el que vivimos, parece que sólo nos educan para tener más que el de al lado, ser más que el otro, y nunca saciarnos. Si tú tienes 10, yo tengo que tener 20, o 30, o 100; si tú me quieres, yo a ti más de lo que tú llegarás a hacerlo jamás; y tengo que encontrar la forma de “machacarte” con mi amor, que siempre será más que el tuyo porque yo valgo más…

   5º Por puro ego y afán exhibicionista; en realidad, ese querer no es tan desinteresado, y lo que buscamos es el querer desde el yo, de una forma egoísta; y la otra persona es un mero adorno, el objeto directo de una frase en la que el YO es el absoluto protagonista, y la otra persona es alguien a quien “querer” en tanto y cuanto me satisfaga y me llene, sin importarme realmente lo que pueda sentir; para luego escupirla de nuestra vida como un chicle al que ya le hemos sacado todo el sabor que podíamos. Es decir, vivir con un trono en torno al YO, y “cosificando” al otro, utilizándolo como quien usa un calcetín o el mando de la tele.

    ¿Todo esto es nuevo? Puede parecerlo; pero a mí me recuerda mucho a nuestro amigo Pedro, el apóstol. ¿Lo recordáis? El gran Simón, llamado Cefás (Piedra, que acabó derivando en Pedro), el grande, el de “Yo contigo hasta el final, Señor”, el que JAMÁS iba a abandonarle; aquel que se envalentonó para sacar una espada y cortar una oreja cual torero en la plaza, para esa misma noche llegar a negar no sólo ser seguidor de Jesús, si no decir que ni le conocía. Os suena, ¿verdad?

     “¡Pero luego Pedro se redimió!” Me diréis “¡Él era sólo una persona de carne y hueso, igual que nosotros!”. Y, en efecto, es así: Dos mil y pico años han pasado, y parece que no hemos cambiado gran cosa, que no hemos aprendido nada. Toda esta supuesta evolución, toda esta inteligencia y presunta sabiduría que nos vanagloriamos de poseer y… ¡oyes! Que resulta que la misma piedra sigue ahí, y con ella que seguimos tropezando. Uno diría que la vamos a evitar, que hemos escarmentado y aprendido… y lo que acabamos haciendo es tirarnos de cabeza con ella (y hasta cogiendo carrerilla para tener más impulso, y que el impacto sea, si cabe, más espectacular).

     No estoy pidiendo que nos neguemos a sentir y que seamos autómatas; pero sí que tratemos de poner también un poco de cabeza a nuestras entrañas, que no nos dejemos llevar por la euforia, y con ello, crearle falsas ilusiones a la gente; y por supuesto, no convirtamos el Amor en una absurda carrera de competición: Amor es Amor y punto, y no importa la cantidad o intensidad del mismo, ni algo en lo que tengamos que superar a nadie. Eso no es Amor, es un sucedáneo barato que cualquier fabricante pirata te puede vender “por cuatro perras”. Y no, no ensuciemos el nombre del amor invocando su nombre cuando no hay en realidad nada que lo sustente; no prostituyamos la palabra dejándola hueca y sin contenido.

     Recordemos ese AMOR con mayúsculas desinteresado de Dios; ese amor que es desinteresado, que no espera nada, que es querer a la otra persona, preocuparse por ella, y darlo todo, hasta el punto de llegar a dar la vida por ella sin importarte tú mismo/a, sin aditivos, escaparates, ni “selfies”; un amor genuino, como tiene que ser.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

¡En nuestras propias narices!


     A la hora de rezar, ¿cómo lo hacemos? Por lo general, pedimos por la salud nuestra o de alguien a quien conocemos; por nuestra bonanza económica y bienestar… Suelen ser las peticiones más comunes. Sí, en ocasiones también oramos buscando guía y consuelo. Como anécdota, diré que los que practicamos deporte solemos pedir fuerzas para llevar a cabo nuestra rutina de ejercicios y hacer frente a las competiciones (¿se podría considerar doping?), y evitar las lesiones que nos dejan en el dique seco, sin poder hacer eso que tanto nos gusta.

     Otra oración habitual suele ser para dar gracias por todo lo bueno que nos pasa y tenemos, aunque, reconozcámoslo, suele ser lo menos habitual; tendemos a acordarnos más de Dios en la necesidad que en la bonanza. Parece que quisiéramos usar la oración como fórmula mágica, como forma sibilina de pretender que Dios nos dé lo que queremos nosotros; como si pretendiéramos que Él hiciera nuestra voluntad. Dicho así, suena un poco fuerte, ¿verdad? Y sin embargo, eso hacemos, aunque sea sin quererlo de forma consciente.

     A ver, a ver… Aunque nos lo sabemos de memoria, voy a transcribir esa oración que Jesús nos dio, y os dejaré una pequeña pista, para ver si tomamos un poco de conciencia al respecto:

Padre Nuestro, que estás en el cielo,
Santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén (Así sea).


     En todas las misas, en prácticamente todas las oraciones, recitamos el Padre Nuestro; lo hacemos de memorieta, de carrerilla, pero sin tomar conciencia real de lo que estamos diciendo; porque si lo hiciéramos, probablemente el contenido de nuestras oraciones cambiaría mucho, ¿no creéis?

     Esto, que parece tan novedoso por parte de Jesús, en realidad no es tan nuevo. ¿Que no lo creéis? Os voy a citar un par de ejemplos, al menos, los que me vienen a la cabeza (por tema de espacio, os pondré la cita bíblica; y como deberes, os las pongo a buscar) Job 1, 1-22 y 2, 1-10 y Lc 1, 26-38.

     En el libro de Job, éste se pone en disposición de esperar de Dios lo que venga: tanto bienes, como dificultades (aunque, en realidad, no sea Dios quien se las mande), y no sucumbe a la tentación que tenemos muchos de renegar de Él cuando las cosas se nos tuercen (¿Os suena esta actitud?).

     El segundo ejemplo, creo que nos suena bastante más, ¿verdad? María, a pesar de lo que le puede acarrear el aceptar lo que el ángel le anuncia, a pesar de que podía haberse negado y tener una vida como todas las demás, arriesgó, confió, y respondió el “hágase en mí según su palabra”. Aunque tuviera que ver a su propio hijo sufrir una terrible muerte, y sentir la espada de ese dolor atravesar su alma; pero no se negó, aceptó la voluntad del Padre.

     Estoy seguro de que hay muchos más ejemplos, la cuestión es: ¿Estamos dispuestos a aceptar la voluntad de Dios, tal y como pedimos en nuestra oración sin saberlo? Porque esa es la petición que le hacemos; está ahí, en nuestras propias narices.

martes, 22 de octubre de 2019

Sobre lo sucedido estos días en mi país.

    En las pasadas semanas ha habido un tremendo jaleo en la zona Nordeste de España, que ha trascendido en territorio internacional.

    La cosa inició con un "Referendum" que se convocó de forma ilegal (le pese a quien le pese, la forma de hacerlo fue ilegal con todas las letras, y en muchos ámbitos, atentando incluso contra el propio estatuto de autonomía de la Comunidad Autónoma afectada) para declarar la independencia de Cataluña. Se han dicho muchas barbaridades al respecto, y victimizándose como gente oprimida por un "estado opresor que impide el libre ejercicio de la democracia", y creyendo que una mentira repetida muchas veces, se va a convertir en verdad. Lo siento, pero una mentira, mentira es, por mucho que quieran machacar con lo contrario incluso figuras del mundo del deporte.

   Como todos mis intentos de razonar con la gente de dicha región han resultado infructuosos, y la mejor respuesta que me he encontrado es: "Tú no vives aquí, por lo tanto, no tienes ni puta idea, ni mucho menos derecho a opinar" (Sí, ese es el nivel, lamentablemente), he decidido mantenerme al margen, y pasar del tema; rehuir esos intentos que han habido por redes de buscar bronca y llamar la atención.

   Aún así, la esperanza es lo último que se pierde, y por ello, esta será mi única publicación al respecto, aprovechando que un periodista lo ha explicado de forma bastante clara. En el vídeo de abajo, encontraréis la explicación, y remataré con un comentario al respecto.











     Es lo que llevo diciendo desde hace años. Esto lo sabían Pujol, Maragall, Mas, Puigdemont, Torra, Junqueras, Rufián. Las reglas son las reglas. Y los números para proponer una reforma de la constitución daban en más de una ocasión; se podría haber presentado. 

     Pero no, no ha dado la gana hacer las cosas como deben hacerse; en lugar de ello, ha habido un encabezonamiento en plan "¡A ver quién la tiene más larga!", y se ha montado un circo descomunal con el que se ha aprovechado para tapar corruptelas y mierdas varias por uno y otro lado. ¡Señores! Que todos tenemos culo, todos esos culos cagan mierda, y esa mierda, a mierda huele. Adornadla con los colores de la bandera de España o con la Estelada, pintadla de purpurina rosa brillante si queréis, pero lo que es mierda, seguirá siendo mierda. No me vale decir "Es que fulanito roba" ¿Eso ya es excusa para hacer yo lo que me da la gana? ¿Como fulanito es un chorizo eso me legitima para robar yo también? La respuesta está clara: NO

martes, 28 de mayo de 2019

¿Amarás a Dios sobre todas las cosas?


            Campamento parroquial Ibros (Jaén) 2012, era una mañana calurosa de Julio cuando una de las jóvenes de la parroquia vino con una inquietud:
- Josele, sé que el primer mandamiento es “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, y… ¡Lo veo tan difícil! Me siento incapaz. Creo en Dios, me siento amada por Él, y quiero corresponderle, pero amarle por encima de cómo amo a mis padres, a mi familia, a mis amigos… ¡No sé cómo hacerlo! ¿Me convierte eso en mala cristiana?
            ¡Toma ya, la primera en la frente! Y ahora, ¿qué le digo a esta muchacha? Catequistas, reconoced que, en algún momento, os han hecho una pregunta de este calibre, y habéis sentido que os cortocircuitáis por dentro.
            Afortunadamente, un pequeño cuentecito que leí hace muchos años, acudió a mi memoria, y así se lo relaté en respuesta (perdonad si fallo en algún detalle, pues lo estoy relatando de memoria)
            Se encontraba San Francisco de Asís orando, y le dijo a Dios llorando: “¡Lo siento, Dios! Amo al Sol y a la Luna, amo la tierra y la naturaleza, amo a mi familia, a Clara y a sus hermanas, al pueblo, al día y la noche, a los días soleados, y a los de lluvia… Los amo a todos al igual que te amo a ti. ¿Cómo observar el primer mandamiento y discriminar el amor?” Dios le sonrió cálidamente y le respondió así: “Yo también amo al Sol y a la Luna, amo la tierra y la naturaleza, amo también a tu familia, a Clara y a sus hermanas, al pueblo, al día y la noche; amo también los días soleados y a los de lluvia… Los amo a todos por igual, y también te amo a ti. Además, en todos vivo y amo. Ve tranquilo, pues, hijo mío, pues amándolos a todos, me amas a mí también”.
- ¿Entiendes lo que acabo de decir? Dios no nos pide imposibles; sólo quiere de nosotros una cosa: que amemos, que le amemos, y amemos a nuestro prójimo, hecho a imagen y semejanza de Él. Todos nosotros tenemos un pedacito de Dios en nuestro ser, pedacito que a Él volverá cuando nuestro tiempo aquí se haya cumplido. Ama a Dios en tus padres, en tu familia, en tus amigos… y si te sobra un poquito, (dije guiñándole un ojo) también en tus catequistas y monitores de campamento.
            “Los Diez Mandamientos”, los relatamos de memoria, de carrerilla, pero… ¿Nos hemos parado a observarlos y meditarlos detenidamente? Reconozco que la pregunta que me hizo esa muchacha en su día me lo hizo pasar un poco mal; no sólo por el aprieto en el que me vi, si no porque me interpeló a mí mismo, y me hizo darme cuenta de lo poco que pienso sobre ello, de lo poco que lo pongo en práctica, cuando, en realidad, es mucho más sencillo de lo que parece.
            ¿Y vosotros? ¿Cómo andáis de amor a Dios?