viernes, 7 de noviembre de 2014

Desde el Exilio (XXII) ¡Mójate!


     Seguramente muchos recordaréis la fiebre que hubo este verano con lo de echarse un cubo con agua helada por encima para, en teoría, solidarizarse con los afectados por la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA o enfermedad de Lou Gehrig en Estados Unidos, o de Charcot en Francia). Esa fiebre también llegó a Panamá. Honestamente, consideré esa moda totalmente inútil si no iba acompañada de una donación económica a la asociación que aporta medios para el estudio de dicha enfermedad, pues, ¿de qué manera va a ayudarle a una persona el que yo me grabe haciendo el payaso mientras me tiro un cubo de agua helada encima y, “nominando” a otras personas a hacer lo mismo en 48 horas o que me paguen una mariscada en caso de no hacerlo, y luego subirlo a internet? (Eso es la deformación del "Ice bucket challenge" llamada "Legado de Tibu" que ya es el colmo de la burla hacia la persona necesitada)

     ¿Sinceramente? Teniendo en cuenta que en el país donde resido el agua potable no le llega más de un 40% de la población, dicho desperdicio de líquido se me antojaba además una falta de respeto hacia toda esa gente. Si quieres solidarizarte realmente, en vez de grabarte en vídeo mojándote, “mójate “ de otra manera: ya sea con tu tiempo y tus manos y talentos, o privándote de algún caprichito para poder dar ese dinero a causas que realmente ayuden.

     Eso es lo que hicimos a mediados de Septiembre en la parroquia San Pablo Apóstol de Panamá: acudimos al albergue para gente sin hogar “Madre Teresa” que llevan las Misioneras de la Caridad a poder echar una mano. Durante las semanas anteriores estuvimos aportando y recogiendo donaciones económicas, de ropa, juguetes y alimentos para poder aportarlos. Los que tuvimos algo más de disponibilidad, sacrificamos ese domingo de tiempo libre para poder dedicárselo a esas personas cuyas necesidades, como pudimos comprobar, iban más allá de lo material.

     Una vez al mes, las hermanas salen a las calles a la búsqueda de gente sin hogar; principalmente a aquella que no puede valerse por sí misma, no tienen nada ni a nadie; cuando les encuentran, les llevan a su hogar; un albergue sencillo, equipado con apenas lo básico para hacerse cargo de toda esa gente; la gran mayoría gente que tiene discapacidad intelectual o algún tipo de parálisis cerebral que les impide valerse por sí mismos.


Un poco desorganizados al principio
      Cuando llegamos, lo primero fue descargar las furgonetas de todo lo que llevábamos; la gente fue realmente generosa, pues llevábamos dos furgonetas llenas sólo de alimentos. Al principio, descargamos un poco a la buena de Dios, sin organización. Rápidamente nos dimos cuenta que si organizábamos una cadena, iríamos más rápido (tanta experiencia en el ramo de la logística, y cargando y descargando el autobús de los campamentos, se tenía que notar tarde o temprano), y las furgonetas se descargaron "en un pis-pas".

¡Mucho mejor así, hombre, dónde va a parar! Los chavales de confirmación dándolo todo.
   ¿El menú del día? Una comida típica Panameña: Sancocho, y unos dulces para todos. Una vez descargadas las furgonetas, y designados los "Chef" que ayudarían a los voluntarios que trabajan en la cocina, nos dirigimos a la misa.

¡Ese pedazo de coro de los sábados! No estaban todos los que
son, pero dieron lo mejor de sí mismos, y eso es suficiente.
     Aunque hay una persona que se dedica con su guitarra a acompañar las misas, ese día la gente del coro de los domingos se iba a encargar de ello. Por si acaso, yo llevaba mi guitarra en el maletero, y, en efecto, nos invitaron al coro de los sábados (compuesto por la gente del grupo de confirmación) a unirnos y hacer un sólo coro. Quedo una participación bastante bonita, aunque el guitarrista al que me tocó seguir, me hizo sudar (literalmente) para poder seguirle el ritmo sin perderme ni desentonar.

video


Llamada a comer. una de las hermanas
avisaba tocando la campana
     Después de aquello, tocó el trabajo duro de verdad: servir la comida y ayudar a los internos a comer. Había dos salones para separar a los más jóvenes de los adultos. Como vi que la mayoría de los voluntarios se iban al saloncito de los niños, decidí quedarme en el de los adultos. El panorama realmente amedrentaba: ¡sólo dos hermanas para dar de comer a unas 30 personas que no pueden valerse por sí mismas! ¿cómo pueden hacerlo diariamente sin desfallecer? Me quedo claro, clarísimo como el agua, que el amor a los demás es una fuerza prodigiosa que te hace llevar a cabo cosas que a muchos les desanimarían.

     "La primera en la frente", como se suele decir: me dispuse a acomodar a un muchacho extremadamente delgado y frágil en silla de ruedas; no tendría más de 22 años, aunque su cara parecía la de un anciano. Con una voz temblona me dijo "Tú vas a ser mi papá". Contuve las lágrimas como pude, y tratando con todas mis fuerzas que no se me notara temblor alguno en la voz le respondí: "No puede ser, yo ya soy papá, yo ya tengo un hijo", "Entonces me ayudarás a encontrar a mi mamá, sé que está ahí fuera buscándome". En ese momento, una de las hermanas se me acercó y me dijo que le encontraron hace muchos años, que sus madre le había abandonado a su suerte, y que desde entonces no hace más que pedirle a todo el mundo que le ayuden a buscar a su mamá, que seguro que está triste porque le ha perdido. No pude seguir ahí; le pedí a mi compañero Uribe que me sustituyera, que necesitaba ir al servicio.

Desde fuera no lo parece, pero a mi compi Uribe la situación también le superaba.
Aún así, tuvo una entereza enorme para ayudar.
     El siguiente caso me chocó también: un hombre de unos cincuenta y pocos, al que a veces le fallaba el pulso. "Me dieron una paliza en la cárcel y me rompieron las manos. Algo me hicieron, pues a veces el pulso me falla y no puedo ni agarrar la cuchara, los dedos no me responden". Le fui dando cucharada tras cucharada. El hombre de vez en cuando reía "¡Lo que es la vida! ¡Que a mi edad me tengan que dar de comer como si fuera un niño pequeño!". Cuando recuperó el control sobre sus dedos, quiso seguir comiendo por su cuenta "Ve a ayudar a otro, que ya puedo valerme yo. ¡Muchas gracias, y que Dios os bendiga!"

     
     Vi a mi compañera Nadia luchando con el que se nos antojaba el caso más difícil de todos. Este muchacho se comunicaba con chillidos; pasaba de momentos de calma en los que comía lo que le íbamos empujando con la cuchara (le costaba coordinar hasta para algo como lo que es masticar, y si le dábamos de más sin darnos cuenta, se atragantaba). De vez en cuando, estiraba totalmente el brazo y un chillido potentísimo inundaba la sala: "¡IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIHHHHHHH!", era su forma de llamar la atención para que alguien se acercase a saludarle y darle la mano; entonces, la aferraba con fuerza (pero sin hacer daño) y no te soltaba hasta que quería cambiar de persona a la que saludar.

No se trata sólo de la ayuda material,
no se trata sólo de ayudarles a comer.
Dar ese cariño que les fue negado
también es imprescindible y vital.
     Hubo un momento que el chillido se hizo más ensordecedor; estiraba el brazo, quería decirnos algo, pero ni las propias hermanas eran capaces de saber qué es lo que quería. Me invadió una corazonada (supongo que fue el propio Espíritu Santo el que me impulsó, ese al que tenemos tan olvidado los cristianos), y sin pensarlo dos veces, me incliné y lo abracé. Su brazo extendido se cerró con una rapidez que nadie se esperaba "Tranquilos" le dije a toda la gente a mi alrededor que se sobresaltó ante un movimiento tan brusco "no me ha hecho ningún daño"... y en efecto así era. No sé cuanto tiempo permanecímos así; él emitía un sonido que no supe distinguir si era llanto o una risa tímida de felicidad, y yo permanecí en silencio. Me vino a la mente lo que hizo San Francisco de Asís con el leproso: no esconderse de aquella persona, si no acercarse, y darle un beso en la mejilla, re-humanizarle, devolverle ese calor y afecto humanos que todos tanto necesitamos. Esa era la clave: cualquiera puede dar una limosna o donativo y mirar para otro lado; cualquiera puede llevar comida e incluso ayudarles a comer, pero ¿cuantos están dispuestos a darles cariño? ¿Cuantos dispuestos a darles algo que también necesitan y no es tan material? ¿Cuanto cuesta dar un abrazo? ¿Cuanto cuesta el darle a una persona una dosis de afecto que tanto necesita y merece? Y más alguien que ha sido abandonado a su propia suerte por su familia, sabiendo que sus posibilidades de sobrevivir son prácticamente nulas. Una cálida oleada de ternura por aquel muchacho me invadió, y mi admiración por el trabajo de las hermanas creció aún más.

   "¿Señor José?" preguntó Éricka, una de "mis niñas" de confirmación a mis espaldas. Me separé del chaval y la miré: "Adelante. Sólo quiere un abrazo, sentirse querido. No tengas miedo, aunque cierra el brazo rápido, no hace daño". Se acercó con un poquito de reparo mientras él volvía a estirar el brazo, se inclinó, y la escena se repitió; "Es verdad, no me ha hecho ningún daño" dijo con la voz temblona por la emoción.

     Éricka se separó de él, había que terminar de darle de comer, y la sopa se estaba enfriando. También había una ración para nosotros, los voluntarios; pero, sinceramente, no me entraba nada en ese momento. Me excusé diciendo que había pasado la noche con problemas estomacales (Ya sé que mentir está feo y es pecado y bla bla bla... pero tampoco quería hacer el feo de despreciar un plato de comida hecho con tanto cariño con la excusa de "no tengo hambre")

Era un día especial, un día de fiesta para todos.
     Movido por la curiosidad, me acerqué al salón infantil, donde un payaso hacía las delicias de los más jóvenes. Disfruté viendo todas esas sonrisas, y por dentro me preguntaba cuantas veces podrían disfrutar de momentos como ese. Vuelvo a decirlo: es fácil ir una vez; cualquiera puede hacerlo. Pero la gente que está allí, lo hace a diario, no por "venazos de solidaridad" Ves toda esa necesidad, y ves a la gente que les cuida a diario hacerlo sin perder el ánimo, y con una sonrisa siempre en la cara para aquellas personas y te quedas pensando "¿Y por qué gilipolleces me amargo yo la vida?". Estando allí, recibiendo ese bofetón de realidad a la que tan ajenos somos en nuestro día a día, te das cuenta de cuán nímios se te antojan tus problemas cotidianos. Cada vez que alguna de las hermanas decían "Gracias", se me caía la cara de vergüenza. ¿Gracias por qué? ¿Por venir sólo un día? Las gracias las debería dar yo por haber gente como ellas en el mundo, dispuestas a dar todo de sí sin esperar nada a cambio; sólo por el mero deseo de amar al prójimo y hacerlo lo más tangible posible; por consagrar su vida a los demás, a los más necesitados, a esos que parece que a nadie le importan y que sólo saldrán en televisión en las noticias de relleno de los telediarios de Diciembre.

     Pero aún me esperaba una última sorpresa: la habitación de los bebés. ¡BEBÉS! Niños y niñas que contaban sólo meses de existencia y que habían sido abandonados igualmente por sus padres. Vi el rostro de mi hijo en cada uno de ellos, su indefensión, su soledad... crecí con mis padres, y si ya la situación de el resto de residentes y sus historias me había golpeado duramente en las entrañas, el ver a todos aquellos pequeños me terminó de derrumbar por dentro. Una cálida oleada de rabia por aquellos padres que se habían desentendido de sus hijos me empezó a bullir por dentro, y me costó mucho no estallar, pero no quería despertar a aquellas pequeñas criaturitas que tanta ternura nos estaban despertando a todos.

¿Que donde está Dios? Más claro no puede estar: en esta foto
está presente en todas partes y en todos sus protagonistas.
       "¿Donde está Dios?" Suelen preguntar muchas personas "¿Por qué permite Dios estas cosas?" es otra de sus preguntas. Muchos de nosotros nos solemos quedar sin respuesta ante ellas; pero miré a mi alrededor, y tuve clara la respuesta:

     Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro, tan cierto como la mañana se levanta... Dios está en cada una de las hermanas de la caridad que salieron a la calle en busca de toda esta gente, Dios está en cada uno de los voluntarios que colaboran desinteresadamente día sí, y día también; Dios está en cada uno de los habitantes del albergue, mostrándonos que el amor es una de las mejores herramientas de las que disponemos para hacerle la vida a los demás más bella y llevadera. Dios estuvo ese día en cada uno de nosotros, y también está en ti, querido lector, preguntándote qué haces tú para ayudar. Para construir un mundo mejor, hacen falta manos, muchas manos, y seguro que las tuyas harían un maravilloso trabajo. ¿Vas a dejarlas quietas viendo tanta necesidad? ¿Vas a excusarte en la inacción de los que más dinero tienen para no hacer tú nada al respecto? El criticar no ayuda ni construye; el actuar sí. Tú te mojaste con un cubo de agua, lo grabaste en vídeo y lo subiste a internet, yo preferí donar parte de mi dinero, sacrificar un domingo que pude emplear en quedarme en casa, dar un paseo, darme un baño en la piscina... para ir a echar una mano y repartir cariño. ¿Donde está Dios? ¿En tu cubo de agua, o en la ayuda desinteresada?


video


3 comentarios:

  1. Me has hecho llorar en la biblioteca...MUY MAL! Estas cosas te hacen crecer como persona, tener más humanidad, acercarte a la verdader realidad que existe y que está muy lejos de la comodidad de nuestros sillones pero, tambien creo, que el gesto del cubo del agua, mientras sea acompañado de la donación procedente, es igual de valido que cualquier otro gesto de solidaridad, cada uno ayuda hasta donde sus posibilidades (incluidas la forma de ser y pensamiento propio) le permiten. Eso si, si no donas te puedes ir un poco a tomar por donde la espalda pierde su casto nombre porque eso es más aparentar que otra cosa. Pero en fin, todo esto que cuentas es muy grande, MUY GRANDE! Más gestos así faltan, Josele! Un abrazo

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    1. Ahí está el problema: que la gente mucho mojarse, pero poco donar. ¿Sabes cuanta gente hizo lo del cubito de marras por el ELA (¡ojo, los del ELA!, no estoy contando a los de la deformación chorra del "Legado de Tibu") en España? Prácticamente casi un 60% del famoseo vario más la gente de la calle que se unió a la causa para hacerse ver mojándose, pero sin aportar ni un puto duro la mayoría. ¿Sabes cuanto se recaudó en España? La cifra era bastante penosa y muy, pero que muy por debajo de los 100.000€ (Apenas a 1€/persona de los que lo hicieron) La gente le gusta mucho aparentar, pero pringarse las manitas.... A esa gentuza es a la que van dedicados mis comentarios más ácidos: al miserable que se acuerda del necesitado sólo para atacar a la iglesia, pero jamás hace nada para ayudarle

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    2. Precioso e inspirador Jose. Cuando trabajas sirviendo al Señor con los más desfavorecidos, experimentas grandes milagros. Yo soy misionera y la verdad se necesitan muchas manos para trabajar y un corazón dispuesto. Un abrazo muy grande. Pilu

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