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miércoles, 9 de octubre de 2013

¡Coño, cómo ha cambiado el cuento!

La Bella Durmiente

   En la primera versión del cuento, titulado: El Sol, la Luna y Talia, de Giambattista Basile, la bella durmiente fue violada por un rey que pasaba por allí y dio a luz gemelos... todo ello mientras dormía.



                                                                            Blancanieves



   En la versión de Blancanieves de los Hermanos Grimm de 1812, la reina era la madre biológica de Blancanieves; quería comerse sus pulmones e hígado como prueba de su muerte. Al final tuvo que bailar con unos zapatos de hierro al rojo vivo hasta su muerte.







      Cenicienta


En la versión de los hermanos Grimm de la Cenicienta, las hermanastras se cortaban trozos de pie para que estos cupiesen en el zapato de cristal, hasta morir desangradas. Al final, los pájaros les devoraron los ojos








   La Sirenita


   En la versión original de La Pequeña Sirenita, de Hans Christian Andersen, el mero hecho de caminar le suponía una terrible agonía, como si estuviese caminando sobre el filo de espadas; y aún así, bailó para el príncipe. Cuando este se enamoró de otra, en lugar de matarle para salvarse a sí misma, muere y se disuelve en espuma






La Bella y la Bestia

En una versión llamada El pequeño escobero, del recopilador de folclores Ludwig Bechstein, la Bestia se convirtió en el compañero de lecho de la Bella; abrazándola y besándola todas las noches. Sus hermanas la ahogaron en una tina (bañera) para ser convertidas después en columnas de piedra.







Tiana y el Sapo

En la versión original de los Hermanos Grimm de El Rey Rana, la rana engaña a la princesa para que haga un pacto con él. Después, le va pidiendo cada vez más favores,llegando a pedirle a la princesa que le deje dormir con ella en su cama. Furiosa, lo arroja contra la pared, momento en el cual se convierte en príncipe








Rapunzel

  En la versión de Rapunzel de los Hermanos Grimm de 1812, el príncipe visitó con tanta frecuencia a Rapunzel, que esta quedó embarazada, quedándole excesivamente ceñidas sus prendas, lo cual la salvó de la bruja, que se deshizo de ella. Tuvo gemelos en medio del bosque.



jueves, 8 de noviembre de 2012

El Capellán y el peregrino

   De las profundidades de mi memoria, recupero este pequeño cuentecito con el que me he tomado un par de licencias literarias para "sazonarlo" un poco.

                              El Capellán y el Peregrino.

   En cierta ocasión, un peregrino que se dirigía a Santiago paró en una posada para poder descansar y echarse algo a la boca. Al abrir la puerta, sólo había un capellán, el cual estaba almorzando un palomino asado. El posadero le informó que estaba sin viandas, y que había enviado a su hijo al mercado del pueblo para llenar la despensa, y que no llegaría hasta la noche.

   Siendo así, el peregrino pidió al capellán compartir el palomino, y que estaba dispuesto a pagar su parte. "Lo siento" Respondió el clérigo "mas no hay suficiente para los dos"

   El peregrino se sentó entonces en un rincón, y sacó de su bolsa un mendrugo de pan que se había guardado del día anterior, masticándolo despacio.

   Una vez que tanto el capellán como el peregrino hubieron terminado de comer, este se dirigió al capellán y le dijo así: "Mi buen señor, habéis de saber que mientras vos habéis comido el palomino, yo he disfrutado de su olor mientras comía mi mendrugo de pan, por lo que para mi persona es como si hubiera participado del palomino que vos habéis degustado"
"Siendo así," repuso el clérigo "es justo que paguéis la mitad de lo que dicho palomino ha costado" El peregrino se negó a ello, puesto que no había probado bocado alguno del ave, mientras que el capellán opinaba que si se había sentido alimentado por el aroma, justo sería que pagase la mitad.

   Ambos estuvieron discutiendo durante horas, hasta que el Sacristán, viendo que el capellán no volvía a sus obligaciones, acudió a la posada, pues sabía que se había dirigido allí para almorzar. Al llegar allí, el sacristán se encontró con la discusión, y tras averiguar el motivo de tan gran sinsentido, le preguntó al posadero: "¿Cuanto ha costado el palomino asado?"
"Medio Real" Respondió el posadero.
"Ya veo" Repuso el sacristán; y, dirigiéndose al peregrino, preguntó: "Muchacho, ¿tenéis la mitad de dicha cantidad?"
 
   Apenado, el peregrino sacó un cuarto de real de su bolsa y se la tendió al sacristán. Este cogió la moneda, y la golpeo sonoramente contra la mesa; después de esto, se la devolvió al muchacho mientras le decía al capellán:
"Hermano, de la misma manera que el peregrino ha disfrutado con el olor de una comida de la que sólo os habéis alimentado vos, y se ha conformado con ello; en justicia, vos habéis sido pagado con el sonido de la cantidad que a él le habría correspondido pagar en caso de que vos hubierais tenido algo de caridad cristiana, y compartido con él la mitad del asado. Dicho lo cual, cejen ustedes en su disputa y vayan con Dios"

   Avergonzado, el Capellán dejó la posada, mientras el peregrino decidió esperar a que llegara el hijo del posadero con las viandas, pues la discusión le acababa de devolver el apetito que apenas le calmó el trozo de pan.

    Al ver  la escena, el posadero exclamó: "¡A buen capellán, mejor sacristán!"

miércoles, 18 de julio de 2012

"Papá, cuéntame un cuento"

... dijo Lucas desde su cama.
- Está bien.- dijo su padre. - Pero recuerda que luego tienes que dormirte
- ¡Te lo prometo!.- Respondió el niño con una sonrisa de oreja a oreja
- "Érase una vez, un labriego que tenía un burro con el que llevaba la cosecha al mercado. Cuando veía que el animal iba a detenerse de puro cansancio, el labriego le daba una zanahoria, con lo que el burro recuperaba fuerzas y continuaba adelante con la carga.
   Un día vio cómo otro labriego usaba un método distinto; iba alternando zanahorias con golpes con una vara que tenía en las manos. El hombre pensó que este sería un buen método para ahorrarse una parte de las zanahorias, y decidió adquirir una vara para alternar los estímulos al animal.
   El primer golpe de vara pilló al animal de sorpresa, el cual, se sobresaltó y casi tira la mercancía. Observó con sus diminutos ojos negros a su dueño con la vara amenazándole, y una pequeña nube de tristeza ensombreció su mirada, al punto que empezó a comprender. Al menos sus pausas alternaban golpes de vara, y las dulces y energizantes zanahorias, por lo que aprendió a dosificar sus paradas y procuraba que aquellas en las que le tocaba ser azotado, fueran lo más cortas posibles para no ser azotado en exceso.
   Al cabo de unas semanas, el labriego decidió que podía ahorrarse aún más zanahorias, por lo que las pausas del borriquito eran de dos pausas con golpes, una con zanahorias. El animal, lógicamente, iba acusando la pérdida de la energía que tenía debido a la falta de los nutrientes de las zanahorias, y cada vez iba parándose más, aunque eso significara más golpes inmisericordes de la vara sobre su dolorido lomo.
   Llegó el día en que el labriego decidió sustituir de forma definitiva las zanahorias por la vara; y ahí el pobre burro se dio cuenta de que había llegado definitivamente al infierno. Llegó un momento incluso, en que el animal ya ni notaba los varazos; se había habituado al dolor de los golpes, y su cuerpo ya ni se sobresaltaba al recibirlos, simplemente reanudaba la marcha. Sus ojos, antaño de un color negro brillante, ahora estaban velados por una nube de gris tristeza, y el animal miraba sin ver, únicamente pendiente de que terminara la marcha diaria al mercado, y poder tumbarse a descansar al frescor de una sombra.
  La crueldad del dueño no acabó ahí; le había cogido el gusto a golpear al pobre animal, por lo que decidió quitarle para siempre la motivación de la zanahoria. A veces, le ofrecía el vegetal al animalito, y cuando este, agradecido iba a mordisquearlo, un fuerte golpe de la vara en su hocico (zona muy sensible en los animales), le hacía desistir. Fue así como el animal empezó a temer y a aborrecer lo que había sido antes su fuente de motivación, y a acabar rechazando las antaño para él deliciosas zanahorias. El labriego no podía estar más satisfecho de su obra; ahora ya no tenía que gastar las zanahorias en el animal, y así al venderlas, tenía más beneficio.
   Mas hubo un día en que las fuerzas abandonaron definitivamente al animal, y este, debilitado y desnutrido, convertido en un saco de pellejo y huesos, se dejó caer al suelo con toda la carga. El dueño montó en cólera y empezó a fustigar con rabia al animal, pero el pobre jumento ya no sentía nada; los golpes que antes le hacían ponerse en marcha, ya ni los sentía. Había recibido tantos, que ya era incapaz de reaccionar. Esto enfureció más al labriego, el cual redobló fuerzas y frecuencia en los golpes; aquello era una carnicería, mientras la mirada perdida del animal buscaba los ojos de su dueño en una búsqueda de los motivos que le habían llevado a este punto. Si por lo menos le pudiera dar una zanahoria, aunque fuese pequeñita... pero no, el atreverse a acercar el hocico a una de ellas significaba más dolor aún... al poco rato, el animal pereció.
   Llevaba el pobre burro un rato muerto cuando el labriego se percató de ello. Sólo entonces se dio cuenta de que ahora no sólo tenía que cargar el con la mercancía a cuestas, si no que además, la ley no le permitía dejar a su burro muerto tirado ahí de cualquier manera. Como no podía cargar con todo, decidió comprar otro burro al cual cargó con la mercancía y el burro muerto.
   ¿Quieres saber cuanto le costó el comprar un burro nuevo? Pues exactamente lo que se había ahorrado todo ese tiempo en zanahorias, más un poco más"
- Papá...- Dijo Lucas mirando fijamente a su padre. Papá conocía demasiado bien esa mirada en su hijo; era la que ponía cuando empezaba a hilar las historias que le contaba con su aplicación en la vida real.- ¿Cual es tu zanahoria? ¿Qué zanahorias tenías que te han cambiado por palos?
   El padre sintió una enorme oleada de orgullo hacia su hijo, si no fuera por que estaba ya perfectamente arropado, le sacaría del colchón para abrazarle.
- Lucas.- Empezó el padre.- Tú eres mi zanahoria, y el poder verte cuando llego de trabajar es lo que me da fuerzas para poder ir allí todos los días, a pesar de la enorme cantidad de palos que me dan. Como sabes, ahora tengo que trabajar mucho más, y ese tiempo que me roban de estar contigo, son mis zanahorias, las cuales las sustituyen por el palo de quedarme sin trabajo, y no poder traer dinero a casa con el que comprar la comida entre otras cosas.
-¿Y quién es el labriego en nuestra historia?
- El labriego es una señora que ha decidido que esto sea así, y ha dictado una ley por la cual yo tengo que trabajar mucho más, para que los labriegos puedan ganar más dinero, cuyos beneficios yo nunca veré. ¿Y sabes por qué? Por que a mí el dinero me da igual; mi zanahoria, lo que me motiva e impulsa, es el tiempo que paso contigo.
- Papá, ¿podrías llevarme algún día a conocer a esa señora?
- ¿Por qué motivo, hijo?.- Preguntó extrañado el padre.
- Me gustaría verla cara a cara y darle un abrazo... Me parece que debe de estar muy sola, y no sabe lo importante que es el abrazo que los hijos damos a los papás; si realmente supiera lo que es, seguramente no haría estas leyes que nos separan a ti y a mí. Tú siempre dices que hay que sentir lástima por aquella gente que no conoce lo que es el abrazo de un hijo, ¿no?
- Sí... .- Dijo papá con apenas un hilo de voz.- Es tarde, Lucas; duérmete, que mañana es Lunes y tienes colegio.
- Buenas noches, papá.- Dijo Lucas, y dándose media vuelta, se echó a dormir, cayendo enseguida en los acogedores brazos de Morfeo

    Papá no respondió; sus ojos empezaron a ser arrasados por lágrimas de desconsuelo, tristeza por no poder disfrutar más de la compañía de su hijo, y ternura por su último razonamiento. En silencio, y secándose los ojos, salió de la habitación apagando la luz, y dejando la puerta entornada.


domingo, 11 de marzo de 2012

Piel de trapo

   Hace mucho que perdí la cuenta del tiempo que llevo olvidada en este trastero. Fui el primer regalo de una niña, y durante muchos años, su muñeca preferida.
    Durante toda su infancia, fui su compañera de juegos por el día, y quien velaba sus sueños por la noche; fui su compañía, su amiga, su confidente... ¡Cuantas tardes juntas merendando bocadillos de plastelina, o escuchando paciente la manía que le tenía la profe de matemáticas, o lo injustos que habían sido sus padres castigándola!
   Pero ella creció, y poco a poco, nuestras tardes juntas fueron menguando, hasta que, llegó el día en que mi amistad inquebrantable y mi lealtad de todos esos años fueron olvidadas. Dejé el calor de su cuarto y su mullida almohada, para acabar cubierta de polvo, apilada de forma poco ceremoniosa en este frío y oscuro trastero. Hace años que no veo la luz del sol, y más tiempo aún desde la última vez que la vi. Muchas veces, cuando recuerdo aquellos tiempos mejores, me invade la congoja y siento ganas de llorar, a pesar de saber que eso es imposible, y que los dos botones que tengo por ojos, jamás podrán derramar lágrima alguna.
   En este tiempo, he conocido seres interesantes, y he podido fraguar algunas amistades; las arañas por ejemplo, a pesar de que tienen un aspecto un tanto sobrecogedor, son bastante amistosas, y unas grandes conversadoras. 
   También he conocido el amor. Él llegó un par de años después que yo al trastero; un magnífico soldadito de plomo con un porte y una gallardía que jamás había visto nunca en muñeco alguno. No os voy a mentir; en seguida me sentí enamorada de él; y no es para menos: Ese porte, ese aspecto de hombre maduro y de mundo que le da su uniforme, ese cuerpo cincelado en plomo, con músculos firmes y duros que te hacen tener la sensación de que jamás estarás desprotegida a su lado...
   No voy a negarlo: fue verle, y sentir que el mundo empezaba a girar de manera vertiginosa en este trastero; sentía un calorcito en mi interior que nunca antes había sentido. Dicho calor, aumentaba en intensidad cada vez que le miraba, y eso me daba miedo, pues aunque mi piel es de un trapo de alta calidad, que no ha necesitado nunca ser cosido, mi interior es de serrín, y este podría llegar a arder si esa temperatura interna no dejase de subir... ¡Pero es que no podía dejar de mirarle!
    Por desgracia, mis sentimientos no eran correspondidos, y para él, yo sólo era una habitante más de aquel trastero que nos condenaba a todos al olvido; pues el tenía ojos únicamente para su bailarina.
   Ella llegó por casualidad unos días después que él, y siendo honesta, yo jamás habría tenido oportunidad alguna de poder competir por el amor de mi soldado: Su cuerpo era grácil y esbelto, mientras el mío es tremendamente maleable y blando. Su postura por la cual se apoya únicamente sobre la punta de uno de sus pies, es la que volvió loco de amor a mi (amado en secreto y silencio) soldadito de plomo; y yo jamás podría adoptar esa postura. 
   Y así pasaban los días uno tras otro, con el corazón roto por varios frentes: El primero, aquella amiga inseparable que un día de desterró aquí, y por otro lado, siendo ignorada por alguien a quien amo con locura, y sabiendo que jamás reparará en mi... Me sentía totalmente sola y desgraciada, echando en falta un poco de afecto o contacto que pudiera reconfortarme, pero este nunca llegó; y ahí estaba yo: sintiendo como día tras día, iba muriendo un poco más por dentro.
   Hoy noto algo distinto: hace bastante rato que no oigo los ruidos habituales de la casa; sólo unos pasos apresurados a primera hora de la tarde, acompañados por unos gritos ininteligibles desde aquí; pero si noto que la temperatura ambiente este subiendo mucho... 
   Desde lo alto de mi caja, puedo ver a mi soldadito y su bailarina juntos; hablando, riendo, como sólo lo pueden hacer dos personas enamoradas. De repente, puedo ver cómo algo de humo se filtra por el quicio de la puerta, y eso me hace ponerme en estado de alerta, aunque el resto de habitantes del trastero parecen no haberse dado cuenta. 
   Es entonces cuando veo la puerta arder, y cómo las llamas comienzan a lamer y consumir todo aquello que tocan. Miro hacia mi soldado y su bailarina; él con gesto serio mira las llamas avanzar hacia ellos, mientras ella ve la escena con el terror reflejado en sus diminutos ojos pintados sobre la porcelana.
   Las llamas se van acercando peligrosamente a ellos, y yo me pongo a pensar que siendo él de plomo, podrías sobrevivir al fuego, mientras que ella se calcinaría completamente. Este pensamiento me hace albergar esperanzas de poder tener una oportunidad con mi soldadito de plomo, una vez que ella desaparezca; y casi decido observar la escena desde el lugar desde el que me encuentro, regodeándome ante la posibilidad de que mi rival en la lucha por el corazón del soldadito, desaparezca consumida por las llamas.
  Veo que él se sitúa delante de ella, en una clara demostración de caballerosidad y... ahora lo comprendo, además es el amor el que le impulsa a hacer eso; la ama, y por ese amor está dispuesto a afrontar cualquier tipo de destino. Por un instante, comprendo cómo se sentiría mi metálico soldado si perdiera a su amor, pues es lo mismo que yo sentiría si él desapareciera. No tengo mucho tiempo para actuar, las llamas están apunto de alcanzarles; no sé qué podré hacer yo, una muñeca de trapo, cuya piel se hizo a partir de camisetas viejas y paños de cocina, y que con mi relleno de serrín no tengo consistencia alguna para poder cogerles en vilo y sacarlos de allí. No lo resisto más, me lanzo al vacío desde mi atalaya de cajas, en dirección a donde ellos están.


   Aquella mañana, una extraña noticia aparecía en la prensa local: "Un terrible incendio ha arrasado la vivienda de los Gutiérrez, pero les queremos comunicar un hecho insólito: A pesar de que el infierno que se ha desatado aquí ha hecho caer la casa, los bomberos han encontrado un soldadito de plomo intacto, una cajita de música algo ennegrecida por el calor y el humo, pero que aún está entera y en perfecto funcionamiento. Un tercer objeto ha aparecido en la zona donde se han hallado el soldadito y la caja de música, y es un corazón pequeño de oro, como aquellos que suelen adornar el cuello de muchas adolescentes, amontonado sobre un montón de serrín hecho cenizas"

jueves, 6 de octubre de 2011

No cambies

   Hoy comparto con vosotr@s este cuentecito de Anthony de Mello. Espero que os guste:

«Durante años fui un neurótico. Era un ser oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la necesidad de hacerlo por mucho que lo intentara.
Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, aunque tampoco podía ofenderme con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.
Pero un día mi amigo me dijo: "No cambies. Sigue siendo tal y como eres. En realidad, no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte."
Aquellas palabras sonaron en mis oídos como una música: "No cambies, no cambies, te quiero." Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié.».

miércoles, 6 de abril de 2011

DIOS NOS PREGUNTA SOBRE EL PADRENUESTRO

.
HOMBRE: Padre Nuestro que estas en los cielos..

DIOS: Sí.. Aquí estoy..

HOMBRE: Por favor ... no me interrumpa. ¡Estoy rezando!

DIOS: ¡Pero tú me llamaste!..

HOMBRE: ¿Llamé? No llamé a nadie. Estoy rezando.... Padre Nuestro que estas en los cielos...

DIOS: ¡¡¡Ah!!! Eres tú nuevamente.

HOMBRE: ¿Cómo?

DIOS: ¡Me has llamado! Tú dijiste: Padre Nuestro que estás en los Cielos. Estoy aquí. ¿En que te puedo ayudar?

HOMBRE: Pero no quise decir eso. Estoy rezando. Rezo el Padrenuestro todos los días, me siento bien rezando así. Es como cumplir con un deber. Y no me siento bien hasta cumplirlo.

DIOS: Pero ¿cómo puedes decir Padre Nuestro sin pensar que todos son tus Hermanos, ¿Cómo puedes decir que estás en los cielos, si no sabes que el cielo es paz, que el cielo es amor a todos... ?

HOMBRE: Es que realmente no había pensado en eso.

DIOS: Pero... prosigue tu oración.

HOMBRE: Santificado sea tu nombre...

DIOS: ¡Espera ahí! ¿Qué quieres decir con eso?

HOMBRE: Quiero decir... quiero decir... lo que significa. ¿Cómo lo voy a saber? Es parte de la oración. ¡Solo eso!

DIOS: Santificado significa digno de respeto, santo, sagrado.

HOMBRE: Ahora lo entiendo. Pero nunca había pensado en el sentido de la palabra SANTIFICADO. "Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo..."

DIOS: ¿Estás hablando en serio?

HOMBRE: ¡Claro! ¿Por qué no?

DIOS: ¿Y qué haces tú para que eso suceda?

HOMBRE: ¿Cómo que qué hago? ¡Nada! Es que es parte de la oración. Hablando de eso... sería bueno que el Señor tuviera un control de todo lo que pasa en el cielo y en la tierra también.

DIOS: ¿Tengo control sobre ti?

HOMBRE: Bueno... ¡Yo voy a la Iglesia!

DIOS: ¡No e eso lo que te he preguntado! ¿Qué tal la forma en que tratas a tus hermanos, la forma en que gastas tu dinero, el mucho tiempo que dedicas a ver la televisión y el poco tiempo que me dedicas a Mi?

HOMBRE: Por favor, ¡Deja de criticarme!

DIOS: Disculpa. Pensé que estabas pidiendo que se haga mi voluntad. Si eso fuera a pasar.. ¿Qué hacer con aquellos que rezan y aceptan mi voluntad, el frío, el calor, la lluvia, la naturaleza, la comunidad....?

HOMBRE: Es cierto, tienes razón. Nunca acepto tu voluntad, pues me quejo de todo. Si mandas lluvia, pido sol.. si mandas sol me quejo del calor, si mandas frío, continuo quejándome. Pido salud, pero no cuido de ella. Dejo de alimentarme bien o como mucho.

DIOS: Excelente que reconozcas todo eso. Vamos a trabajar juntos tú y yo. Vamos a tener victorias y derrotas. Me está gustando mucho tu nueva actitud.

HOMBRE: Oye Señor, tengo que terminar ahora, esta oración está durando mucho más de lo acostumbrado. Continúo..."danos hoy nuestro pan nuestro de cada"...

DIOS: ¡Para ahí! ¿Me estas pidiendo pan material? No sólo de pan vive el hombre sino también de Mi Palabra. Cuando Me pidas el pan, acuérdate de aquellos que no lo tienen. ¡Puedes pedirme lo que quieras! Deja que me vea como un Padre amoroso! Estoy interesado en la última parte de tu oración, continúa...

HOMBRE: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden..."

DIOS: ¿Y tu hermano, al que desprecias, criticas e insultas?

HOMBRE: ¿Ves? Oye Señor, él me criticó muchas veces y no era verdad lo que decía. Ahora no consigo perdonarlo. Necesito vengarme.

DIOS: Pero.. ¿Y tu oración? ¿qué quieres decir con tu oración? Tú me llamaste y estoy aquí, quiero que salgas de aquí transformado, me gusta que seas honesto. Pero no es bueno cargar con el peso de la ira dentro de ti! ¿Entiendes?

HOMBRE: Entiendo que me sentiría mejor si me vengara.

DIOS: ¡No! Te vas a sentir peor. La venganza no es buena como parece. Piensa en la tristeza que me causarías, piensa en tu tristeza ahora. Yo puedo cambiar todo para ti. Basta que tú lo quieras.

HOMBRE: ¿Puedes? ¿Pero cómo?

DIOS: Perdona a tu hermano, y Yo te perdonaré a ti y te aliviaré.

HOMBRE: Pero Señor.. no puedo perdonarlo.

DIOS: ¡Entonces no me pidas perdón tampoco!

HOMBRE: ¡De acuerdo, tienes razón! Pero solo quería vengarme, quiero la paz Señor. Está bien, está bien: perdono a todos, ¡pero ayúdame Señor!. Muéstrame el camino a seguir.

DIOS: Esto que pides es maravilloso, estoy muy feliz contigo. Y tú... ¿Cómo te estas sintiendo?

HOMBRE: ¡Bien, muy bien! A decir verdad, nunca me había sentido así. Es muy bueno hablar con Dios.

DIOS: Ahora terminemos la oración.. prosigue...

HOMBRE: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal..."

DIOS: Excelente, voy a hacer justamente eso, pero no te pongas en situaciones donde puedas ser tentado.

HOMBRE: y ahora.. ¿Qué quieres decir con eso?

DIOS: Deja de andar en compañía de personas que te llevan a participar de cosas sucias. Abandona la maldad, el odio. Todo eso te lleva al camino errado. No uses todo eso como salida de emergencia.

HOMBRE: ¡No te entiendo!

DIOS: ¡Claro que me entiendes! Has hecho conmigo eso varias veces. Vas por el camino equivocado y luego corres a pedirme socorro.

HOMBRE: ¡Qué vergüenza, perdóname Señor!

DIOS: ¡Claro que te perdono! Siempre perdono a quien está dispuesto a perdonar también. Pero cuando me vuelvas a llamar acuérdate de nuestra conversación, medita cada palabra que dices. Termina tu oración.

HOMBRE: ¿Terminar? Ah, sí, "AMEN!"

DIOS: ¿Y qué quiere decir "Amén"?

HOMBRE: No lo sé. Es el final de la oración.

DIOS: Debes decir AMEN cuando aceptas todo lo que quiero, cuando concuerdas con mi voluntad, cuando sigues mis mandamientos, porque AMEN quiere decir ASÍ SEA , estoy de acuerdo con todo lo que oré.

HOMBRE: Señor, gracias por enseñarme esta oración, y ahora gracias también por hacérmela entender.

DIOS: Yo amo a todos mis hijos, pero amo más a aquellos que quieren salir del error, a aquellos que quieren ser libres del pecado. ¡Te bendigo, y permanece en mi paz!

HOMBRE: ¡Gracias Señor! ¡Estoy muy feliz de saber que eres mi amigo!


Texto e imagen cogidos de http://webcatolicodejavier.org

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El amor y la amistad


      He visto esta pequeña nota por ahí, y me gustaría compartirla con vosotr@s.

      Un día se encontraron el amor y la amistad, y le preguntó el primero a la amistad:
"¿Por qué existes tú?"
A lo que la amistad le respondió:
"Para, entre otras cosas,  curar las heridas que dejaste tú"

      ¿Qué os parece?

martes, 11 de mayo de 2010

La marioneta de trapo

"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan, y ¡cómo disfrutaría de un buen helado
de chocolate!.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, esperaría a que saliera el sol. Pintaría, con un sueño de Van Gogh,
sobre las estrellas un poema de Benedetti y una canción de Serrat,
sería la serenata que le ofrecería a la luna.

Regaría con mis lágrimas las rosas para
sentir el dolor de sus espinas y el encarnado beso de sus pétalos....
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida.....
No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero,
que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos
y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
¡sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse!.
A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo
aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez,
sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres.....
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña,
sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta
con su pequeño puño por vez primera,
el dedo del padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo,
cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas las cosas que he podido aprender de ustedes,
que realmente de mucho no habrán de servir,
porque cuando me guarden dentro de esa maleta,
infelizmente me estaré muriendo".

Este texto se le atribuye a Gabriel García Márquez;
aunque hay quien dice que no es así y que no es el autor.
La verdad es que... ¿Importa quién sea el autor?

domingo, 9 de mayo de 2010

La bella y la bestia

Tras ver una representación del musical basado en esta historia clásica, me he puesto a indagar para ver si daba con el cuento original, y me he encontrado con que hay varias versiones. La que conocía yo de pequeño tenía un final más trágico (La bestia hallaba la libertad al hechizo que le había convertido en monstruo muriendo al ser amado por la bella), y no he podido encontrarlo, pero aún así, comparto con vosotros esta versión de Jeanne Marie Leprince de Beaumont. Disfrutadlo


Había una vez un mercader muy rico que tenía seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en gastos para educarlos y los rodeó de toda suerte de maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la más joven despertaba tanta admiración, que de pequeña todos la apodaban “la bella niña”, de modo que por fin se le quedó este nombre para envidia de sus hermanas.
No sólo era la menor mucho más bonita que las otras, sino también más bondadosa. Las dos hermanas mayores ostentaban con desprecio sus riquezas antes quienes tenían menos que ellas; se hacían las grandes damas y se negaban a que las visitasen las hijas de los demás mercaderes: únicamente las personas de mucho rango eran dignas de hacerles compañía. Se lo pasaban en todos los bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la lectura de buenos libros.

Las tres jóvenes, agraciadas y poseedoras de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por muchos mercaderes de la región, pero las dos mayores los despreciaban y rechazaban diciendo que sólo se casarían con un noble: por lo menos un duque o conde

La Bella -pues así era como la conocían y llamaban todos a la menor- agradecía muy cortésmente el interés de cuantos querían tomarla por esposa, y los atendía con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba que aún era muy joven y que deseaba pasar algunos años más en compañía de su padre.

De un solo golpe perdió el mercader todos sus bienes, y no le quedó más que una pequeña casa de campo a buena distancia de la ciudad.

Totalmente destrozado, lleno de pena su corazón, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida tendrían que trabajar como campesinos.

Sus dos hijas mayores respondieron con la altivez que siempre demostraban en toda ocasión, que de ningún modo abandonarían la ciudad, pues no les faltaban enamorados que se sentirían felices de casarse con ellas, no obstante su fortuna perdida. En esto se engañaban las buenas señoritas: sus enamorados perdieron totalmente el interés en ellas en cuanto fueron pobres.

Puesto que debido a su soberbia nadie simpatizaba con ellas, las muchachas de los otros mercaderes y sus familias comentaban:

-No merecen que les tengamos compasión. Al contrario, nos alegramos de verles abatido el orgullo. ¡Qué se hagan las grandes damas con las ovejas!

Pero, al mismo tiempo, todo el mundo decía:

-¡Qué pena, qué dolor nos da la desgracia de la Bella! ¡Esta sí que es una buena hija! ¡Con qué cortesía le habla a los pobres! ¡Es tan dulce, tan honesta!…

No faltaron caballeros dispuestos a casarse con ella, aunque no tuviese un centavo; mas la joven agradecía pero respondía que le era imposible abandonar a su padre en desgracia, y que lo seguiría a la campiña para consolarlo y ayudarlo en sus trabajos. La pobre Bella no dejaba de afligirse por la pérdida de su fortuna, pero se decía a sí misma:

-Nada obtendré por mucho que llore. Es preciso tratar de ser feliz en la pobreza.

No bien llegaron y se establecieron en la casa de campo, el mercader y sus tres hijos con ropajes de labriegos se dedicaron a preparar y labrar la tierra. La Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ocupaba en limpiar la casa y preparar la comida de la familia. Al principio aquello le era un sacrificio agotador, porque no tenía costumbre de trabajar tan duramente; mas unos meses más adelante se fue sintiendo acostumbrada a este ritmo y comenzó a sentirse mejor y a disfrutar por sus afanes de una salud perfecta. Cuando terminaba sus quehaceres se ponía a leer, a tocar el clavicordio, o bien a cantar mientras hilaba o realizaba alguna otra labor. Sus dos hermanas, en cambio, se aburrían mortalmente; se levantaban a las diez de la mañana, paseaban el día entero y su única diversión era lamentarse de sus perdidas galas y visitas.

-Mira a nuestra hermana menor -se decían entre sí-, tiene un alma tan vulgar, y es tan estúpida, que se contenta con su miseria.

El buen labrador, el padre, en cambio, sabía que la Bella era trabajadora, constante, paciente y tesonera, y muy capaz de brillar en los salones, en cambio sus hermanas... Admiraba las virtudes de su hija menor, y sobre todo su paciencia, ya que las otras no se contentaban con que hiciese todo el trabajo de la casa, sino que además se burlaban de ella.

Hacía ya un año que la familia vivía en aquellas soledades cuando el mercader recibió una carta en la cual le anunciaban que cierto navío acababa de arribar, felizmente, con una carga de mercancías para él. Esta noticia trastornó por completo a sus dos hijas mayores, pues imaginaron que por fin podrían abandonar aquellos campos donde tanto se aburrían y además lo único que se les cruzaba por la cabeza era volver a la ociosa y fatua vida en las fiestas y teatros, mostrando riquezas; por lo que, no bien vieron a su padre ya dispuesto para salir, le pidieron que les trajera vestidos, chalinas, peinetas y toda suerte de bagatelas. La Bella no dijo una palabra, pensando para sí que todo el oro de las mercancías no iba a bastar para los encargos de sus hermanas.

-¿No vas tú a pedirme algo? -le preguntó su padre.

-Ya que tienes la bondad de pensar en mí -respondió ella-, te ruego que me traigas una rosa, pues por aquí no las he visto.

No era que la desease realmente, sino que no quería afear con su ejemplo la conducta de sus hermanas, las cuales habían dicho que si no pedía nada era sólo por darse importancia.

Partió, pues, el buen mercader; pero cuando llegó a la ciudad supo que había un pleito andando en torno a sus mercaderías, y luego de muchos trabajos y penas se halló tan pobre como antes. Y así emprendió nuevamente el camino hacia su vivienda. No tenía que recorrer más de treinta millas para llegar a su casa, y ya se regocijaba con el gusto de ver otra vez a sus hijas; pero erró el camino al atravesar un gran bosque, y se perdió dentro de él, en medio de una tormenta de viento y nieve que comenzó a desatarse.

Nevaba fuertemente; el viento era tan impetuoso que por dos veces lo derribó del caballo; y cuando cerró la noche llegó a temer que moriría de hambre o de frío; o que lo devorarían los lobos, a los que oía aullar muy cerca de sí. De repente, tendió la vista por entre dos largas hileras de árboles y vio una brillante luz a gran distancia.

Se encaminó hacia aquel sitio y al acercarse observó que la luz salía de un gran palacio todo iluminado. Se apresuró a refugiarse allí; pero su sorpresa fue considerable cuando no encontró a persona alguna en los patios. Su caballo, que lo seguía, entró en una vasta caballeriza que estaba abierta, y habiendo hallado heno y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se puso a comer ávidamente. Después de dejarlo atado, el mercader pasó al castillo, donde tampoco vio a nadie; y por fin llegó a una gran sala en que había un buen fuego y una mesa cargada de viandas con un solo cubierto. Quizás pecaría de atrevido, pero se dirigió hacia allí. La tentación fue muy grande, pues la lluvia y la nieve lo habían calado hasta los huesos; se arrimó al fuego para secarse, diciéndose a sí mismo: “El dueño de esta casa y sus sirvientes, que no tardarán en dejarse ver, sin duda me perdonarán la libertad que me he tomado.”

Se quedó aún esperando un rato largo, observaba hacia los otros recintos para tratar de ubicar a algún habitante en la mansión, pero cuando sonaron once campanadas sin que se apareciese nadie, no pudo ya resistir el hambre, y apoderándose de un pollo se lo comió con dos bocados a pesar de sus temblores. Bebió también algunas copas de vino, y ya con nueva audacia abandonó la sala y recorrió varios espaciosos aposentos, magníficamente amueblados. En uno de ellos encontró una cama dispuesta, y como era pasada la medianoche, y se sentía rendido de cansancio, entumecido y aturdido de la aventura pasada hasta encontrar este cobijo, decidió cerrar la puerta y acostarse a dormir.

Eran las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, y no fue pequeña su sorpresa al encontrarse un traje como hecho a su medida en vez de sus viejas y gastadas ropas. “Sin duda”, se dijo, “o no he despertado, o este palacio pertenece a un hada buena que se ha apiadado de mí.”

Miró por la ventana y no vio el menor rastro de nieve, sino de un jardín cuyos floridos canteros encantaban la vista. Entró luego en la estancia donde cenara la víspera, y halló que sobre una mesita lo aguardaba una taza de chocolate.

-Le doy las gracias, señora hada -dijo en alta voz-, por haber tenido la bondad de albergarme en noche tan inhóspita y de pensar en mi desayuno.

El buen hombre, después de tomar el chocolate, salió en busca de su caballo, y al pasar por un sector lleno de rosas blancas recordó la petición de la Bella y cortó una para llevársela. En el mismo momento se escuchó un gran estruendo y vio que se dirigía hacia él una bestia tan horrenda, que le faltó poco para caer desmayado.

-¡Ah, ingrato! -le dijo la Bestia con voz terrible-. Yo te salvé la vida al recibirte y darte cobijo en mi palacio, y ahora, para mi pesadumbre, tú me arrebatas mis rosas, ¡a las que amo sobre todo cuanto hay en el mundo! Será preciso que mueras, a fin de reparar esta falta.

El mercader se arrojó a sus pies, juntó las manos y rogó a la Bestia:

-Monseñor, perdóname, pues no creía ofenderte al tomar una rosa; es para una de mis hijas, que me la había pedido.

-Yo no me llamo Monseñor -respondió el monstruo- sino la Bestia. No me gustan los halagos, y sí que los hombres digan lo que sienten; no esperes conmoverme con tus lisonjas. Mas tú me has dicho que tienes hijas; estoy dispuesto a perdonarte con la condición de que una de ellas venga a morir en lugar tuyo. No me repliques: parte de inmediato; y si tus hijas rehúsan morir por ti, júrame que regresarás dentro de tres meses.

No pensaba el buen hombre sacrificar una de sus hijas a tan horrendo monstruo, pero se dijo: “Al menos me queda el consuelo de darles un último abrazo.” Juró, pues, que regresaría, y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera.

-Pero no quiero que te marches con las manos vacías -añadió-. Vuelve a la estancia donde pasaste la noche: allí encontrarás un gran cofre en el que pondrás cuanto te plazca, y yo lo haré conducir a tu casa.

Dicho esto se retiró la Bestia, y el hombre se dijo:

“Si es preciso que muera, tendré al menos el consuelo de que mis hijas no pasen hambre.”

Volvió, pues, a la estancia donde había dormido, y halló una gran cantidad de monedas de oro con las que llenó el cofre de que le hablara la Bestia, lo cerró, fue a las caballerizas en busca de su caballo y abandonó aquel palacio con una gran tristeza, pareja a la alegría con que entrara en él la noche antes en busca de albergue. Su caballo tomó por sí mismo una de las veredas que había en el bosque, y en unas pocas horas se halló de regreso en su pequeña granja.

Se juntaron sus hijas en torno suyo y, lejos de alegrarse con sus caricias, el pobre mercader se echó a llorar angustiado mirándolas. Traía en la mano el ramo de rosas que había cortado para la Bella, y al entregárselo le dijo:

-Bella, toma estas rosas, que bien caro costaron a tu desventurado padre.

Y enseguida contó a su familia la funesta aventura que acababa de sucederle. Al oírlo, sus dos hijas mayores dieron grandes alaridos y llenaron de injurias a la Bella, que no había derramado una lágrima.

-Miren a lo que conduce el orgullo de esta pequeña criatura -gritaban-. ¿Por qué no pidió adornos como nosotras? ¡Ah, no, la señorita tenía que ser distinta! Ella va a causar la muerte de nuestro padre, y sin embargo ni siquiera llora.

-Mi llanto sería inútil -respondió la Bella-. ¿Por qué voy a llorar a nuestro padre si no es necesario que muera? Puesto que el monstruo tiene a bien aceptar a una de sus hijas, yo me entregaré a su furia y me consideraré muy dichosa, pues habré tenido la oportunidad de salvar a mi padre y demostrarle a ustedes y a él mi ternura.

-No, hermana -dijeron sus tres hermanos-, tampoco es necesario que tú mueras; nosotros buscaremos a ese monstruo y lo mataremos o pereceremos bajo sus golpes.

-No hay que soñar, hijos míos -dijo el mercader-. El poderío de esa Bestia es tal que no tengo ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazón de Bella, pero jamás la expondré a la muerte. Soy viejo, me queda poco tiempo de vida; sólo perderé unos cuantos años, de los que únicamente por ustedes siento desprenderme, mis hijos queridos.

-Te aseguro, padre mío -le dijo la Bella-, que no irás sin mí a ese palacio; tú no puedes impedirme que te siga. En parte fui responsable de tu desventura. Como soy joven, no le tengo gran apego a la vida, y prefiero que ese monstruo me devore a morirme de la pena y el remordimiento que me daría tu pérdida.

Por más que razonaron con ella no hubo forma de convencerla, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la joven les había inspirado siempre unos celos irresistibles. Al mercader lo abrumaba tanto el dolor de perder a su hija, que olvidó el cofre repleto de oro; pero al retirarse a su habitación para dormir su sorpresa fue enorme al encontrarlo junto a la cama. Decidió no decir una palabra a sus hijos de aquellas nuevas y grandes riquezas, ya que habrían querido retornar a la ciudad y él estaba resuelto a morir en el campo; pero reveló el secreto a la Bella, quien a su vez le confió que en su ausencia habían venido de visita algunos caballeros, y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rogó que les permitiera casarse, pues era tan buena que las seguía queriendo y las perdonaba de todo corazón, a pesar del mal que le habían hecho.

El día en que partieron la Bella y su padre, las dos perversas muchachas se frotaron los ojos con cebolla para tener lágrimas con que llorarlos; sus hermanos, en cambio, lloraron de veras, como también el mercader, y en toda la casa la única que no lloró fue la Bella, pues no quería aumentar el dolor de los otros.

Echó a andar el caballo hacia el palacio, y al caer la tarde apareció éste todo iluminado como la primera vez. El caballo se fue por sí solo a la caballeriza, y el buen hombre y su hija pasaron al gran salón, donde encontraron una mesa magníficamente servida en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ánimo para probar bocado, pero la Bella, esforzándose por parecer tranquila, se sentó a la mesa y le sirvió, aunque pensaba para sí:

“La Bestia quiere que engorde antes de comerme, puesto que me recibe de modo tan espléndido.”

En cuanto terminaron de cenar se escuchó un gran estruendo y el mercader, llorando, dijo a su pobre hija que se acercaba la Bestia. No pudo la Bella evitar un estremecimiento cuando vio su horrible figura, aunque procuró disimular su miedo, y al interrogarla el monstruo sobre si la habían obligado o si venía por su propia voluntad, ella le respondió que sí, temblando, que era decisión propia.

-Eres muy buena -dijo la Bestia-, y te lo agradezco mucho. Tú, buen hombre, partirás por la mañana y no sueñes jamás con regresar aquí. Nunca. Adiós, Bella.

-Adiós, señor -respondió la muchacha.

Y enseguida se retiró la Bestia.

-¡Ah, hija mía -dijo el mercader, abrazando a la Bella- yo estoy casi muerto de espanto! Hazme caso y deja que me quede en tu sitio.

-No, padre mío -le respondió la Bella con firmeza-, tú partirás por la mañana.

Fueron después a acostarse, creyendo que no dormirían en toda la noche; mas sus ojos se cerraron apenas pusieron la cabeza en la almohada. Mientras dormía vio la Bella a una dama que le dijo:

-Tu buen corazón me hace muy feliz, Bella. No ha de quedar sin recompensa esta buena acción de arriesgar tu vida por salvar la de tu padre.

Le contó el sueño al buen hombre la Bella al despertarse; y aunque le sirvió un tanto de consuelo, no alcanzó a evitar que se lamentara con grandes sollozos al momento de separarse de su querida hija.

En cuanto se hubo marchado se dirigió la Bella a la gran sala y se echó a llorar; pero, como tenía sobrado coraje, resolvió no apesadumbrarse durante el poco tiempo que le quedase de vida, pues tenía el convencimiento de que el monstruo la devoraría aquella misma tarde. Mientras esperaba decidió recorrer el espléndido castillo, ya que a pesar de todo no podía evitar que su belleza la conmoviese. Su asombro fue aún mayor cuando halló escrito sobre una puerta:

Aposento de la Bella

La abrió precipitadamente y quedó deslumbrada por la magnificencia que allí reinaba; pero lo que más llamó su atención fue una bien provista biblioteca, un clavicordio y numerosos libros de música, lo que reunía todo lo que a ella le hacía la vida placentera.

-No quiere que esté triste -se dijo en voz baja, y añadió de inmediato-: para un solo día no me habría reunido tantas cosas.

Este pensamiento reanimó su valor, y poco después, revisando la biblioteca, encontró un libro en que aparecía la siguiente inscripción en letras de oro:

Disponga, ordene, aquí es usted la reina y señora.

-¡Ay de mí -suspiró ella-, nada deseo sino ver a mi pobre padre y saber qué está haciendo ahora!

Había dicho estas palabras para sí misma: ¡cuál no sería su asombro al volver los ojos a un gran espejo y ver allí su casa, adonde llegaba entonces su padre con el semblante lleno de tristeza! Las dos hermanas mayores acudieron a recibirlo, y a pesar de los aspavientos que hacían para aparecer afligidas, se les reflejaba en el rostro la satisfacción que sentían por la pérdida de su hermana, por haberse desprendido de la hermana que les hacía sombra con su belleza y bondad. Desapareció todo en un momento, y la Bella no pudo dejar de decirse que la Bestia era muy complaciente, y que nada tenía que temer de su parte.

Al mediodía halló la mesa servida, y mientras comía escuchó un exquisito concierto, aunque no vio a persona alguna. Esa tarde, cuando iba a sentarse a la mesa, oyó el estruendo que hacía la Bestia al acercarse, y no pudo evitar un estremecimiento.

-Bella -le dijo el monstruo-, ¿permitirías que te mirase mientras comes?

-Tú eres el dueño de esta casa -respondió la Bella, temblando.

-No -dijo la Bestia-, no hay aquí otra dueña que tú. Si te molestara no tendrías más que pedirme que me fuese, y me marcharía enseguida. Pero dime: ¿no es cierto que me encuentras muy feo?

-Así es -dijo la Bella-, pues no sé mentir; pero en cambio creo que eres muy bueno.

-Tienes razón -dijo el monstruo-, aun cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy más que una bestia.

-No se es una bestia -respondió la Bella- cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo. Los necios no lo admitirían.

-Come, pues -le dijo el monstruo-, y trata de pasarlo bien en tu casa, que todo cuanto hay aquí te pertenece, y me apenaría mucho que no estuvieses contenta.

-Eres muy bondadoso -respondió la Bella-. Te aseguro que tu buen corazón me hace feliz. Cuando pienso en ello no me pareces tan feo.

-¡Oh, señora -dijo la Bestia- , tengo un buen corazón, pero no soy más que una bestia!

-Hay muchos hombres más bestiales que tú -dijo la Bella-, y mejor te quiero con tu figura, que a otros que tienen figura de hombre y un corazón corrupto, ingrato, burlón y falso.

La Bella, que ya apenas le tenía miedo, comió con buen apetito; pero creyó morirse de pavor cuando el monstruo le dijo:

-Bella, ¿querrías ser mi esposa?

Largo rato permaneció la muchacha sin responderle, ya que temía despertar su cólera si rehusaba, y por último le dijo, estremeciéndose:

-No, Bestia.

Quiso suspirar al oírla el pobre monstruo, pero de su pecho no salió más que un silbido tan espantoso, que hizo retemblar el palacio entero; sin embargo, la Bella se tranquilizó enseguida, pues la Bestia le dijo tristemente:

-Adiós, entonces, Bella -y salió de la sala volviéndose varias veces a mirarla por última vez.

Al quedarse sola, la Bella sintió una gran compasión por esta pobre Bestia.

“¡Ah, qué pena”, se dijo, “que siendo tan bueno, sea tan feo!”

Tres apacibles meses pasó la Bella en el castillo. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la entretenía y observaba mientras comía, con su conversación llena de buen sentido, pero jamás de aquello que en el mundo llaman ingenio. Cada día la Bella encontraba en el monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la había habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer el momento de su visita, miraba con frecuencia el reloj para ver si eran las nueve, ya que la Bestia jamás dejaba de presentarse a esa hora, Sólo había una cosa que la apenaba, y era que la Bestia, cotidianamente antes de retirarse, le preguntaba cada noche si quería ser su esposa, y cuando ella rehusaba parecía traspasado de dolor. Un día le dijo:

-Mucha pena me das, Bestia. Bien querría complacerte, pero soy demasiado sincera para permitirte creer que pudiese hacerlo nunca. Siempre he de ser tu amiga: trata de contentarte con esto.

-Forzoso me será -dijo la Bestia-. Sé que en justicia soy horrible, pero mi amor es grande. Entretanto, me siento feliz de que quieras permanecer aquí. Prométeme que no me abandonarás nunca.

La Bella enrojeció al escuchar estas palabras. Había visto en el espejo que su padre estaba enfermo de pesar por haberla perdido, y deseaba volverlo a ver.

-Yo podría prometerte -dijo a la Bestia- que no te abandonaré nunca, si no fuese porque tengo tantas ansias de ver a mi padre, que me moriré de dolor si me niegas ese gusto.

-Antes prefiero yo morirme -dijo el monstruo- que causarte el pesar más pequeño. Te enviaré a casa de tu padre, y mientras estés allí morirá tu Bestia de pena.

-¡Oh, no -respondió la Bella, llorando-, te quiero demasiado para tolerarlo! Prometo regresar dentro de ocho días. Me has hecho ver que mis hermanas están casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se ha quedado solo. Permíteme que pase una semana en su compañía.

-Mañana estarás con él -dijo la Bestia-, pero acuérdate de tu promesa. Cuando quieras regresar no tienes más que poner tu sortija sobre la mesa a la hora del sueño. Adiós, Bella.

La Bestia suspiró, según su costumbre, al decir estas palabras, y la Bella se acostó con la tristeza de verlo tan apesadumbrado. Cuando despertó a la mañana siguiente se hallaba en casa de su padre. Sonó a poco una campanilla que estaba junto a la cama y apareció la sirvienta, quien dio un gran grito al verla. Acudió rápidamente a sus voces el buen padre, y creyó morir de alegría porque recobraba a su querida hija, con la cual estuvo abrazado más de un cuarto de hora.

Luego de estas primeras efusiones, la Bella recordó que no tenía ropas con que vestirse, pero la sirvienta le dijo que en la vecina habitación había encontrado un cofre lleno de magníficos vestidos con adornos de oro y diamantes. Agradecida a las atenciones de la Bestia, pidió la Bella que le trajesen el más modesto de aquellos vestidos y que guardasen los otros para regalárselos a sus hermanas; pero apenas había dado esta orden desapareció el cofre. Su padre comentó que sin duda la Bestia quería que conservase para sí los regalos, y al instante reapareció el cofre donde estuviera antes.

Se vistió la Bella, y entretanto avisaron a las hermanas, que acudieron en compañía de sus esposos. Las dos eran muy desdichadas en sus matrimonios, pues la primera se había casado con un gentilhombre tan hermoso como Cupido, pero que no pensaba sino en su propia figura, a la que dedicaba todos sus desvelos de la mañana a la noche, menospreciando la belleza de su esposa. La segunda, en cambio, tenía por marido a un hombre cuyo gran talento no servía más que para mortificar a todo el mundo, empezando por su esposa.

Cuando vieron a la Bella ataviada como una princesa, y más hermosa que la luz del día, las dos creyeron morir de dolor. Aunque la Bella les hizo mil caricias no les pudo aplacar los celos, que se recrudecieron cuando les contó lo feliz que se sentía. Bajaron las dos al jardín para llorar allí a sus anchas.

-¿Por qué es tan dichosa esa pequeña criatura? ¿No somos nosotras más dignas de la felicidad que ella?

-Hermana -dijo la mayor-, se me ocurre una idea. Tratemos de retenerla aquí más de ocho días: esa estúpida Bestia pensará entonces que ha roto su palabra, y quizás la devore.

-Tienes razón, hermana mía -respondió la otra-. Y para conseguirlo la llenaremos de halagos.

Y tomada esta resolución, volvieron a subir y dieron a su hermana tantas pruebas de cariño, que la Bella lloraba de felicidad. Al concluirse el plazo comenzaron a arrancarse los cabellos y a dar tales muestras de aflicción por su partida, que les prometió quedarse otros ocho días.

Sin embargo, la Bella se reprochaba el pesar que así causaba a su pobre monstruo, a quien amaba de todo corazón, y se entristecía de no verlo. La décima noche que estuvo en casa de su padre, soñó que se hallaba en el jardín del castillo, y que veía cómo la Bestia, inerte sobre la hierba, a punto de morir, la reconvenía por sus ingratitudes. Despertó sobresaltada, con los ojos llenos de lágrimas.

“¿No soy yo bien perversa”, se dijo, “pues le causo tanto pesar cuando de tal modo me quiere? ¿Tiene acaso la culpa de su fealdad y su falta de inteligencia? Su buen corazón importa más que todo lo otro. ¿Por qué no he de casarme con él? Seré mucho más feliz que mis hermanas con sus maridos. Ni la belleza ni la inteligencia hacen que una mujer viva contenta con su esposo, sino la bondad de carácter, la virtud y el deseo de agradar; y la Bestia posee todas estas cualidades. Aunque no amor, sí le tengo estimación y amistad. ¿Por qué he de ser la causa de su desdicha, si luego me reprocharía mi ingratitud toda la vida?”

Con estas palabras la Bella se levantó, puso su sortija sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas se tendió sobre la cama se quedó dormida, y al despertarse a la mañana siguiente vio con alegría que se hallaba en el castillo de la Bestia. Se vistió con todo esplendor por darle gusto, y creyó morir de impaciencia en espera de que fuesen las nueve de la noche; pero el monstruo no apareció al dar el reloj la hora. Creyó entonces que le habría causado la muerte, y exhalando profundos suspiros, a punto de desesperarse, recorrió la Bella el castillo entero, buscando inútilmente por todas partes. Recordó entonces su sueño y corrió por el jardín hacia el estanque junto al cual lo viera en sueños. Allí encontró a la pobre Bestia sobre la hierba, perdido el conocimiento, y pensó que había muerto. Sin el menor asomo de horror se dejó caer a su lado, y al sentir que aún le latía el corazón, tomó un poco de agua del estanque y le roció la cabeza. Abrió la Bestia los ojos y dijo a la Bella:

-Olvidaste tu promesa, y el dolor de haberte perdido me llevó a dejarme morir de hambre. Pero ahora moriré contento, pues tuve la dicha de verte una vez más.

-No, mi Bestia querida, no vas a morirte -le dijo la Bella-, sino que vivirás para ser mi esposo. Desde este momento te prometo mi mano, y juro que no perteneceré a nadie sino a ti. ¡Ah, yo creía que sólo te tenía amistad, pero el dolor que he sentido me ha hecho ver que no podría vivir sin verte!

Apenas había pronunciado estas palabras la Bella vio que todo el palacio se iluminaba con luces resplandecientes: los fuegos artificiales, la música, todo era anuncio de una gran fiesta; pero ninguna de estas bellezas logró distraerla, y se volvió hacia su querido monstruo, cuyo peligro la hacía estremecerse. ¡Cuál no sería su sorpresa! La Bestia había desaparecido y en su lugar había un príncipe más hermoso que el Amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento. Aunque este príncipe mereciese toda su atención, no pudo dejar de preguntarle dónde estaba la Bestia.

-Aquí, a tus pies -le dijo el príncipe-. Cierta maligna hada me ordenó permanecer bajo esa figura, privándome a la vez del uso de mi inteligencia, hasta que alguna bella joven consintiera en casarse conmigo. En todo el mundo tú sola has sido capaz de conmoverte con la bondad de mi corazón; ni aun ofreciéndote mi corona podría demostrarte la gratitud que te guardo y nunca podré pagar la deuda que he contraído contigo.

La Bella, agradablemente sorprendida, tendió su mano al hermoso príncipe para que se levantase. Se encaminaron después al castillo, y la joven creyó morir de dicha cuando encontró en el gran salón a su padre y a toda la familia, a quienes la hermosa dama que viera en sueños había traído hasta allí.

-Bella -le dijo esta dama, que era un hada poderosa-, ven a recibir el premio de tu buena elección: has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia, y por tanto mereces hallar todas estas cualidades reunidas en una sola persona. Vas a ser una gran reina: yo espero que tus virtudes no se desvanecerán en el trono. Y en cuanto a ustedes, señoras -agregó el hada, dirigiéndose a sus hermanas-, conozco sus corazones y toda la malicia que encierran. Conviértanse en estatuas, pero conserven la razón adentro de la piedra que va a envolverlas. Estarán a la puerta del palacio de la Bella, y no les pongo otra pena que la de ser testigos de su felicidad. No podrán volver a su primer estado hasta que reconozcan sus faltas; pero me temo mucho que no dejarán jamás de ser estatuas. Pues uno puede recobrarse del orgullo, la cólera, la gula y la pereza; pero es una especie de milagro que se corrija un corazón maligno y envidioso.

En este punto dio el hada un golpe en el suelo con una varita y transportó a cuantos estaban en la sala al reino del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con júbilo, y a poco se celebraron sus bodas con la Bella, quien vivió junto a él muy largos años en una felicidad perfecta, pues estaba fundada en la virtud.

No obstante, si queréis saber más sobre este cuento, podéis hacerlo en este enlace