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miércoles, 5 de mayo de 2021

Tocando el bajo

 

¿Por qué el bajo?

     Es una pregunta que me hacen mucho últimamente. ¡Caramba, carambita! ¿Por dónde empezar a contar/explicar? Supongo que por el principio: Hace ya unos años, cuando me inicié en la guitarra (allá por 1996), escuchaba a un grupo llamado “Héroes del Silencio” del cual, me llamaba mucho la atención el bajista; y ya ahí me picó el gusanillo sobre dicho instrumento.

     Con el paso de los años, fui conociendo cada vez a más personas que tocaban dicho instrumento; todas grandísimas personas, lo cual, me hacía aún más atractivo el iniciarme a él.

     Al final, cuando hace cuatro años, estuve de incapacidad laboral bastante prolongada, y viendo que en el coro éramos nada menos que 5 guitarristas, decidí liarme la manta a la cabeza, y aprender por mi cuenta a tocar este instrumento para enriquecer el sonido en las misas, quitarme esa espinita de aprender, y de paso, homenajear a esos bajistas que tanto apreciaba y aprecio (algunos, grandes amigos míos, y uno de ellos, en concreto, fallecido en 2015).

     Pero ¿qué tiene de particular dicho instrumento? A pesar de compartir forma con las guitarras, y tener sus cuatro cuerdas afinadas en las mismas notas que las 4 más graves de su hermana, y tocar EXACTAMENTE LAS MISMAS NOTAS (por lo que “perderse” a la hora de cantar con este instrumento es algo que no debería pasar), la tarea de este instrumento es dar una base rítmica, mientras la guitarra nos brinda la melodía; su misión es apoyar en lo que es la velocidad de la canción, y también servir de guía para las voces graves.

     Y es que, de eso se trata también: de la misma manera que en una agrupación musical caben distintos instrumentos y cada uno tiene su función, en las parroquias también sucede de esta manera: Cabemos todos, y no todos tenemos por qué ser iguales, ni hacer exactamente lo mismo; cada cual tiene su función, y aquí estamos para desempeñarla.

     
¿Y tú? ¿Qué instrumento del Señor eres?

martes, 28 de mayo de 2019

¿Amarás a Dios sobre todas las cosas?


            Campamento parroquial Ibros (Jaén) 2012, era una mañana calurosa de Julio cuando una de las jóvenes de la parroquia vino con una inquietud:
- Josele, sé que el primer mandamiento es “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, y… ¡Lo veo tan difícil! Me siento incapaz. Creo en Dios, me siento amada por Él, y quiero corresponderle, pero amarle por encima de cómo amo a mis padres, a mi familia, a mis amigos… ¡No sé cómo hacerlo! ¿Me convierte eso en mala cristiana?
            ¡Toma ya, la primera en la frente! Y ahora, ¿qué le digo a esta muchacha? Catequistas, reconoced que, en algún momento, os han hecho una pregunta de este calibre, y habéis sentido que os cortocircuitáis por dentro.
            Afortunadamente, un pequeño cuentecito que leí hace muchos años, acudió a mi memoria, y así se lo relaté en respuesta (perdonad si fallo en algún detalle, pues lo estoy relatando de memoria)
            Se encontraba San Francisco de Asís orando, y le dijo a Dios llorando: “¡Lo siento, Dios! Amo al Sol y a la Luna, amo la tierra y la naturaleza, amo a mi familia, a Clara y a sus hermanas, al pueblo, al día y la noche, a los días soleados, y a los de lluvia… Los amo a todos al igual que te amo a ti. ¿Cómo observar el primer mandamiento y discriminar el amor?” Dios le sonrió cálidamente y le respondió así: “Yo también amo al Sol y a la Luna, amo la tierra y la naturaleza, amo también a tu familia, a Clara y a sus hermanas, al pueblo, al día y la noche; amo también los días soleados y a los de lluvia… Los amo a todos por igual, y también te amo a ti. Además, en todos vivo y amo. Ve tranquilo, pues, hijo mío, pues amándolos a todos, me amas a mí también”.
- ¿Entiendes lo que acabo de decir? Dios no nos pide imposibles; sólo quiere de nosotros una cosa: que amemos, que le amemos, y amemos a nuestro prójimo, hecho a imagen y semejanza de Él. Todos nosotros tenemos un pedacito de Dios en nuestro ser, pedacito que a Él volverá cuando nuestro tiempo aquí se haya cumplido. Ama a Dios en tus padres, en tu familia, en tus amigos… y si te sobra un poquito, (dije guiñándole un ojo) también en tus catequistas y monitores de campamento.
            “Los Diez Mandamientos”, los relatamos de memoria, de carrerilla, pero… ¿Nos hemos parado a observarlos y meditarlos detenidamente? Reconozco que la pregunta que me hizo esa muchacha en su día me lo hizo pasar un poco mal; no sólo por el aprieto en el que me vi, si no porque me interpeló a mí mismo, y me hizo darme cuenta de lo poco que pienso sobre ello, de lo poco que lo pongo en práctica, cuando, en realidad, es mucho más sencillo de lo que parece.
            ¿Y vosotros? ¿Cómo andáis de amor a Dios?

lunes, 21 de mayo de 2018

El Helado de pistacho

El helado de pistacho

     Ahora que llega el Verano con sus calores, vamos a tratar de mitigarlos un poco con este refrescante cuento.

     Desde la vitrina en la que era expuesto junto a sus hermanos, el helado de pistacho veía pasar a la gente frente al escaparate. Con hastío, observaba cómo iban entrando los clientes uno a uno, e iban eligiendo al resto de sabores; siempre los mismos. Esta situación, lo único que hacía era generar en su interior una mezcla de sentimientos entre envidia, tristeza, y a veces, hasta rabia; rabia hacia sus hermanos por ser elegidos, rabia hacia la gente que jamás miraba en su dirección, rabia hacia el heladero por crearle para tenerle ahí, viendo como los demás eran los que la gente se llevaba; y por último, rabia hacia sí mismo, por no ser de otro sabor más atractivo para el público.
     Un día, no pudo más con esa situación, y a la hora del cierre, estalló contra el heladero.

- ¡Ya no puedo más! ¿Por qué te molestaste en crearme, si nadie me quiere? ¡Vaya desperdicio de tiempo y de existencia! Y el principal culpable de todo esto eres tú, necio heladero, por crear un helado de un sabor que nadie quiere.
     Con paciencia, el artesano dejó que el insatisfecho dulce soltase toda esa rabia que tenía dentro; lo veía tan sulfurado, que temía que en algún momento, todo ese ardor le hiciera derretirse y perder su vida. Cuando vio que ya lo había echado todo hacia fuera, fue cuando decidió responderle.

- Has de saber, mi querido amigo, que no todo el mundo es igual.- Respondió paciente y amable el heladero.- Fíjate en la cantidad de gente que entra en la tienda, ¿Cogen todos el mismo sabor? Has visto que no es así. Si todo el mundo escogiera al helado de chocolate, no me molestaría en preparar ningún otro sabor; sin embargo, los clientes vienen y piden helado de fresa, de vainilla, de nata…

- Pero a mí no me eligen.- Respondió compungido el helado

- De momento.- Respondió con afabilidad el artesano.- Pero créeme, alguien tarde o temprano lo hará. Yo os elaboro a todos con el mismo cariño, mimo y dedicación; en todos vosotros, en ti y tus hermanos, deposito mis esfuerzos y conocimientos; y todos lleváis mi sello, una pequeña parte de mí… ¡Sois mis hijos! Has de tener paciencia; la heladería lleva unos pocos días abierta, y aún no ha empezado el calor fuerte del verano. La gente está empezando a conocernos a todos; puedes tener la seguridad que pronto serás el elegido, y créeme, esa sensación de ser escogido por primera vez, es algo indescriptible, que tus hermanos ya han olvidado. La gente, al principio, va a lo que ya conoce, porque le da miedo arriesgarse; estoy seguro que cuando te conozcan, no dejarán de pedirte.

- Gracias, papá.- Dijo suavemente el helado de pistacho.

- Vamos a dormir, mañana empiezan las vacaciones de Verano, y nos espera un día bastante animado.

     Al día siguiente, justo a la hora de salir del colegio, un padre con su hija entraron por la puerta de la heladería.

- ¡Quiero ese, papá!

- ¿En serio? ¿Un helado de pistacho?.- Se sorprendió el padre.- No estoy seguro… ¡Los helados son dulces y los pistachos salados!

- ¡Pero sabes que me encantan los pistachos, papá! Prometo comérmelo entero

- Puedo asegurarle que le va a encantar.

- ¡Bueeeeeeno!.- Cedió el padre.- Pónganos entonces un helado de pistacho

- ¡Pero de dos bolas!

- Está bien…

- ¿Quieres que le ponga caramelo, chocolate líquido, fideos de colores…?.- Terció el heladero.

- No, lo quiero sólo sobre el cucurucho. ¡Esas cosas esconderían su sabor! ¿Y quién querría esconder su sabor favorito?

     Tras cobrar al padre, y ver a ambos salir por la puerta, el heladero guiñó un ojo hacia el helado de pistacho, pero este no se dio cuenta: estaba extasiado de felicidad por haber sido escogido, y además al natural, tal y como era, sin aditivo alguno. Y comprobó cuan cargadas de verdad estaban las palabras que su creador le había dicho la noche anterior: era una sensación indescriptible. El Verano empezaba ya, y se presentaba bastante prometedor.

     (Esta historia tiene una moraleja, pero os la podéis imaginar, ¿verdad?. Lo siento, no puedo ponérosla por razones de espacio, pero os la dejo como deberes para el verano)


lunes, 5 de febrero de 2018

Amores no correspondidos

   A la tierna edad de 6 años, en el colegio, me enamoré por primera vez de una chica; enamoramiento que se prolongó durante toda mi vida estudiantil en la ya extinta E.G.B (es decir, desde los 6, hasta los 13 años). Durante aquellos años, la admiraba así, como de lejos, en silencio, presa de mi timidez, sin atreverme a profesarle mis sentimientos; y sin embargo, sólo tenía ojos para ella. Podía quedarme mirando así como alelado su cara, sus expresiones, perder mi mirada en su pelo, sumergirme en sus ojos, embriagarme de su risa, y con eso me conformaba y me conformé durante años. No pedía más: era alegre de verla así, risueña y feliz, y la admiraba y amaba sin que ella lo supiera.
   Mas… ¡Ay, que la pubertad empezaba a asomar la patita ahí, a la vuelta de la esquina! No pude resistir más tanto silencio, tanta distancia, tanto el no saber ella nada, y decidí lanzarme; al fin y al cabo, el amor no es egoísta, y el no querer compartirlo, se me antojaba un tremendo egoísmo por mi parte; además, si alguien estuviera así de enamorad@ de mí, me gustaría saberlo. ¡Venga! Fuera miedos, fuera inseguridad; cojo carrerilla, un paso, dos pasos, tres zancadas, un salto para tirarme a la piscina y… Creo que lo que pasó después no se puede definir de mejor manera que con la expresión/paralelismo “no había agua”. Mentalmente, me había preparado para un rechazo; incluso para la tan dolorosa frase de siempre “podemos seguir siendo amigos”… pero no, un estallido de carcajadas seguido de una burla (o serie de ellas, ya no recuerdo bien; a partir de esa primera sentí caer un helado chorro de agua de decepción a lo largo de mi espalda que me hizo trasladarme mentalmente a kilómetros de aquel lugar, queriendo huir de esa horrible realidad) fue la respuesta que recibí. Cualquier herida física que hubiera tenido hasta aquel día, era una tontería en comparación al daño interior que sufrí ese día; fue como un desgarro por dentro. Y aún así, no podía dejar de quererla, me resultaba imposible no quedarme absorto mirándola, seguía queriéndola.
   Hagamos ahora un ejercicio de paralelismo: Pongamos a Dios en mi papel, y a las personas en el lugar de aquella chica. ¿Somos conscientes de ese amor inmenso, discreto y callado que Dios nos profesa? ¿Nos gustaría que nos lo hiciese saber? ¿Cuantos de nosotros no habremos reaccionado, al menos alguna vez, como esa muchacha hizo conmigo? Estoy seguro que más de alguna persona, leyendo la situación descrita, se habrá sentido identificada porque le habrá sucedido algo similar. Si sabemos de ese dolor lacerante que nos recorrió por dentro, ¿por qué provocarlo nosotros? Si hemos amado con esa ternura y esa intensidad nosotros, que somos un comino en comparación con Dios, ¡Cuán grande no será el amor que ÉL nos profesa en comparación! ¿Y vamos a atrevernos a rechazarlo, a reírnos, a burlarnos de quien nos ama de esa manera? Crueles, muy crueles seríamos si nos atreviésemos a ello. Y, sin embargo, al igual que me sucedió a mí, Dios no puede dejar de querernos; nos sigue amando así, incondicionalmente, con locura, y con una miopía selectiva hacia nuestros fallos y desdenes. ¡Cuánto, cuánto tenemos que aprender del AMOR (así, con mayúsculas)!

    ¿Qué pasó con aquella chica (seguro que más de uno se preguntará)? Actualmente somos amigos; tras unos años sin saber el uno del otro (en parte porque me vine con mi familia a vivir a Torrejón cuando cumplí los 15 años), recuperamos el contacto, y de vez en cuando charlamos, nos echamos unas risas, y compartimos fotos de nuestros peques. Porque ese es también un rasgo del Amor que Dios nos profesa y enseña: perdonar el daño que nos hayan podido producir, y hacer borrón y cuenta nueva.


martes, 9 de febrero de 2016

El mensaje oculto del abrazo

     Dijo una vez un sabio de cuyo nombre no me acuerdo (no es que no quiera acordarme, como Cervantes hizo con el lugar de la Mancha del que era Don Quijote, es que realmente NO me acuerdo): “Amar es darle a esa persona las armas para herirte, y confiar en que no lo hará jamás”, y algo de verdad tiene que haber en ello; de hecho, sólo el gesto de abrazar a alguien lo escenifica con mucha claridad:

     Para empezar, vamos a pensar qué partes de nuestro cuerpo entran en contacto cuando damos un abrazo: Fijaos que lo que queda al descubierto es nuestro tronco, nuestra caja torácica... ¿Qué hay ahí? Pues nada menos que además de nuestras vísceras (un poco más abajo), tras nuestro esternón se encuentran órganos tan importantes como los pulmones (aún no conozco a nadie que pueda vivir sin respirar), y el corazón (sí, sin él, en sentido literal, creo que tampoco podemos vivir, los que carecen de corazón en sentido figurado, son otro tipo de criaturas por muy humanas que parezcan físicamente).

     ¿Qué hacemos para dar un abrazo? Para empezar, abrimos nuestros brazos, retiramos esa primera barrera/frontera que protege nuestro corazón, en una clara invitación a la otra persona a acercarse, indicándole que no la percibimos como una amenaza, y que queremos acortar distancias; que nos sentimos seguros en su presencia.

     Posteriormente, acortamos distancias, nos acercamos de forma lenta (un movimiento demasiado brusco se antoja violento y rompe el clima de intimidad, es por eso que no veréis a la gente lanzarse a dar un abrazo como quien hace un placaje de Rugby; aunque por otra parte, a lo mejor de ahí viene la frase “Hay amores que matan”), indicando que vamos a iniciar el contacto, y que nuestras intenciones son delicadas, entramos en un territorio íntimo, en una muestra de afecto que no tenemos con cualquier persona, la exposición indefensa de nuestros órganos vitales va aumentando; estamos invitando a otra persona a que penetre en nuestro espacio personal, acortamos las distancias, invitamos a esa persona a nuestra vida, a formar parte de ella.

     ¡Contacto! En este momento, ambas personas están totalmente expuestas y entregadas a la otra persona; han decidido exponerse al otro, arriesgándose a ser heridos (tal vez de muerte), pero confiando en que la otra persona no les atacará, volvemos a la frase del sabio con la que abríamos este “discurso”. Si el abrazo es intenso (pero sin estrujar ni asfixiar a la otra persona, ¡no me seáis brutos, por favor!), podremos incluso sentir los latidos del corazón de la otra persona en nuestro pecho, por mucho que el pulmón lo medio tape, o por muy gruesos que sean los huesos de nuestra caja torácica. Hemos invitado a la otra persona a nuestra vida, hemos eliminado la “distancia de seguridad”, y en esa fusión, en esa posición de vulnerabilidad, podemos sentir a la otra persona, podemos sentir sus latidos, y compartir los nuestros.

     En Cuaresma y Semana Santa, vamos a tener ocasión de poder reconciliarnos con el hermano, hacer borrón y cuenta nueva. ¿Qué mejor forma de demostrarlo que con un abrazo? Invitad a esa persona que vuelva a formar parte de vuestra vida; demostradle que confiáis en ella, y que queréis que la distancia sea sólo una palabra y no un hecho.


      Disfrutad de los abrazos, y ahora que sabéis el sentido profundo que encierran, no os privéis de los mismos, y compartidlos siempre que podáis (nunca sabréis cuando será la última vez que tengáis a esa persona en vuestra vida ahí, compartiendo vulnerabilidad y latidos), saboreadlos, prolongad su duración gozando del momento, ¡Embriagaos de la otra persona, y de ese momento tan único que compartís!; pocas muestras de amor más claras y con más carga vais a encontrar que esto y.... ¡Qué leches! ¡Es gratis!

martes, 26 de febrero de 2013

Editorial Boletín de Semana Santa 2013


Un año más la Semana Santa ha llegado, atrás ha quedado este tiempo de cuaresma, de preparación para esta semana grande para todos los cristianos, esta semana que compone la parte más importante de nuestra Fe.  La semana en la que conmemoramos la muerte y resurrección de Jesús.
   Pero ¿qué es la Fe? Este año que en la iglesia nos estamos dedicando más a indagar en ello, es un buen momento para re-descubrir nuestra fe, para analizarla, meditarla, compartirla con nuestros hermanos (que no nos dé vergüenza…) y a ello han ido dirigidas las jornadas de cuaresma de este año.  La Fe se podría decir que es un regalo que Dios nos ha dado, con el cual podemos mantenernos firmes en el amor al prójimo.
   En el logo queda explicado muy claramente: La Iglesia es un barco en el que todos nosotros somos la tripulación; Con la madera de la cruz, símbolo del amor, ese amor que lleva a dar la vida por los demás, se ha hecho el mástil del que colgar las velas; la fuerza del Espíritu sopla en nuestras velas y da fuerza al oleaje para impulsarnos y así poder llevar la buena nueva de su amor a las nuevas tierras que son los corazones de los demás, y así poder llegar a la casa del Padre, que es nuestro destino último. Pero no solo hemos de dejarnos llevar por las olas y el viento; estas son sólo una ayudita. En esta barca viajamos todos, y todos hemos de colaborar (según nuestros carismas) para que el viaje llegue a buen puerto: podemos remar, llevar el timón, izar o plegar velas, limpiar la cubierta… Todos y cada uno de nosotros somos bienvenidos a este barco, y todos y cada uno de nosotros tenemos algo que aportar en esta travesía para hacer de ella un viaje inolvidable.
   Sí, corren tiempos difíciles, y es casi inevitable caer en la tentación del desánimo, del decir: “¿Para qué esforzarse?” Pero ¿sabéis qué? Hasta los periodos más difíciles tienen una fecha de caducidad; una mala racha es eso: una mala racha; y pasará, y quedará atrás. Pero el amor de Dios, ese amor que nos mueve y nos impulsa, jamás pasar;, como decía la canción: “Cielo y tierra pasarán, mas tus palabras no pasarán”
   No nos dejemos vencer, no nos dejemos desanimar; mirad, Jesús está en la pasarela del barco, esperando a que subamos para iniciar el viaje de nuestras vidas. ¿Nuestro equipaje? El amor y la fe. ¡Ánimo! En este barco cabemos todos y no hay límite de edad para subir
   ¿Y tú? ¿Subes, o te vas a quedar en tierra?

viernes, 20 de julio de 2012

Ibros 2012

   Un año más, cogí mi saco de dormir, mi mochila y mi guitarra, y me encaminé al campamento parroquial. Este año nos dirigíamos a Ibros (Jaén), por lo que el calorcito y el sol los teníamos garantizados.
Todos los campamentos son especiales y bien que nos encargamos los monitores de que así sea, pero este para mí tenía un significado realmente especial, pues era el último (tras el verano me marcho a vivir al extranjero y no sé cuando volveré). Lejos de dejar que ese pensamiento triste me dejase incapacitado durante esos 8 días, decidí poner toda la carne en el asador, y darlo todo en las catequesis. 


   ¡Hay que ver cómo cambian las cosas cuando alguien hace las cosas sabiendo que va a ser la “última vez”! Parece que le pones más empeño, más ganas de que todo salga bien, y entonces vuelcas todo tu corazón, todo tu ser en ello. ¿Y si todo lo que hiciéramos fuera pensando que es esa última vez que lo llevamos a cabo? Vale, sí, por un lado acabaríamos derrotados y sin fuerzas; pero por el otro viviríamos con más intensidad. Imaginad un último abrazo, una última sonrisa, unas últimas lágrimas… ¿Por qué no poner ese mismo empeño y corazón también en las primeras, segundas, octavas o quincuagésimo cuartas veces?





   Dios nos ha invitado este año a vivir y a amar intensamente; a permitirle entrar en nuestras vidas, a descubrir y sentir su amor, y a confesarnos una cosa: Que está loquito de amor por nosotros, y que nos quiere incondicionalmente de forma intensa seamos como seamos, con nuestros aciertos y nuestros fallos; cuando somos gente estupenda y cuando somos gente a la que cuesta querer; cuando reímos, cuando lloramos, en nuestros momento de silencio, y también en nuestras algarabías, cuando a los monitores nos cuesta que se preste atención. En todos esos momentos, Dios nos ama a cada uno de nosotros como si fuera la última vez que fuera a vernos o compartir algo con nosotros; de forma intensa, apasionada y dulce; hablándole a nuestro corazón de forma directa, o a nuestros oídos sirviéndose de nuestros sacerdotes y catequistas, y con un mensaje claro y directo: VIVE Y AMA.

domingo, 11 de marzo de 2012

Reflexión sobre la Semana Santa

   Hacía mucho que no escribía algo conjunto con mi amigo el Osezno, y es una pena, pues la verdad es que las veces que hemos escrito algo conjunto para el boletín, nos han quedado siempre unos artículos bastante majos. Tenemos formas parecidas y a la vez diferentes de ver la vida, y cada uno tiene un estilo bien diferenciado a la hora de escribir y expresarse. Esa mezcla precisamente es la que hace que cada vez que escribimos una artículo en común, brote la magia en forma de palabras escritas. 
   En el boletín que verá la luz a primeros de Abril, en Semana Santa, nos pidieron que escribiéramos una reflexión sobre dicha semana, y procurásemos trasladarla a nuestros días. A continuación os muestro el resultado. (Ya le pediré permiso otro día para publicarlo, como dijo Liam Nesson: "Prefiero pedir perdón a pedir permiso")
   En dicho artículo, teníamos una limitación de páginas, pero nos emocionamos tanto escribiendo la reflexión, que nos salió un artículo de 4 páginas. Para hacerlo aún más entendible, y como en mi blog no hay límites para las palabras escritas, me he permitido el lujo de añadir además las lecturas bíblicas correspondientes. Espero que os guste.


Jueves Santo:

Última Cena y Lavatorio de los pies
Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 1-15 
Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: "¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?". Jesús le respondió: "No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás". "No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!". Jesús le respondió: "Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte". "Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!". Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos". El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: "No todos ustedes están limpios". Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.

   ¡Cuantas, cuantas veces pecaremos de lo mismo! Estamos acostumbrados a jugar a esto que nos proponen del “Cada vez más” “Yo el más importante” “Nadie por encima de mí”…  Y una vez más, como una metafórica bofetada, Jesús nos baja de nuevo los pies a la tierra. Por amor, por auténtico y genuino amor, hace las tareas propias de un esclavo de la época con sus discípulos. ¡Y se lo hace a todos sin excepción! Incluyendo a aquel que ya sabe de sobras que le va a traicionar. Miremos a nuestras vidas, bajémonos por un momentito de ese pedestal donde nos subimos nosotros solitos; ¡ánimo, que el suelo no nos va a morder los pies! ¿Ya estamos? Entonces, echemos un vistazo a nuestro día a día. ¿Es nuestra actitud la de Jesús? ¿Es la de Pedro? ¿O acaso somos Judas? Ya no pregunto que hablemos de la gente en general (que eso se nos da de miedo, y de ahí a generalizar, ya ni os cuento) ¿Os reconocéis en alguno de ellos en el trato familiar y cotidiano con la gente que tenéis más cercana?

Getsemaní


  
Lectura del santo evangelio según san Mateo   (Mt 26, 36-46)
Oración en Getsemaní
       36 Entonces fue Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní, y les dijo:
       - Sentaos aquí mientras voy a orar un poco más allá.
       37 Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo; comenzó a sentir tristeza y angustia, 38 y les dijo:
       - Siento una tristeza mortal; quedaos aquí y velad conmigo.
       39 Después, avanzando un poco más, se postró rostro en tierra y estuvo orando así:
       - Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú.
       40 Volvió donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Entonces dijo a Pedro:
       - ¿Con que no habéis podido estar en vela conmigo una hora? 41 Velad y orad, para que podáis hacer frente a la prueba; que el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil.
       42 Por segunda vez se alejó y volvió a orar así:
       - Padre mío, si no es posible que pase sin que yo la beba, hágase tu voluntad.
       43 Volvió y los encontró dormidos, pues tenían los ojos cargados. 44 Los dejó y volvió a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. 45 Entonces volvió donde los discípulos y les dijo:
       - ¿Todavía estáis durmiendo y descansando? Ha llegado la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 46 Levantaos, vamos. Ya está aquí el que me va a entregar.

         Llega la hora de la soledad, el momento donde Jesús se muestra vulnerable, temeroso, con su confianza en el padre tambaleándose. En los momentos de soledad, es cuando nosotros hacemos frente, sin ayuda de nadie a nuestros temores. Solos nosotros y Dios, aunque muchas veces ignoremos su presencia (o nos olvidemos de que está a nuestro lado) ¿Pedimos también nosotros que el cáliz de amargura (las malas experiencias) pasen por nosotros sin que lo probemos (no nos pasen a nosotros)? Tener miedo es algo natural, y no nos hace ser menos hombre o menos mujer el reconocer tenerlo. El dejarnos dominar por nuestros temores, o el querer que las malas experiencias no nos sucedan ya es más preocupantes. Jesús bebió de ese cáliz por que era necesario ese trago amargo para poder entender y gustar mejor lo que vendría después. ¿Vamos a renunciar nosotros a los momentos amargos? ¿Los vamos a evitar? ¿Vamos a negar su existencia?... ¿O por el contrario vamos a afrontarlos y sacar de ellos tanto conocimiento y experiencia como podamos? Si no existiera la oscuridad ¿Cómo la distinguiríamos de la luz para poder apreciarla mejor?



Viernes Santo:

   Pasión


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (18, 1 - 19, 42)
¿A quién buscan?
  • Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: 
  • «¿A quién buscan?».
  • Le respondieron:
  • «A Jesús, el Nazareno».
  • El les dijo:
  • «Soy yo».
  • Judas el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente: 
  • «¿A quién buscan?». 
  • Le dijeron: 
  • «A Jesús, el Nazareno».
  • Jesús repitió:
  • «Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejan que estos se vayan».
  • Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro: 
  • «Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?»
Se apoderaron de Jesús y lo ataron
  • El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».
¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?
  • Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: 
  • «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?».
  • El le respondió:
  • «No lo soy».
  • Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió: 
  • «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».
  • Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: 
  • «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».
  • Jesús le respondió: 
  • «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero se he hablado bien, ¿por qué me pegas?
  • Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás. Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: 
  • «¿No eres tú también uno de sus discípulos?».
  • El lo negó y dijo:
  • «No lo soy».
  • Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: 
  • «¿Acaso no te vi con él en la huerta?».
  • Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.
Mi realeza no es de este mundo
  • Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó: 
  • «¿Qué acusación traen contra este hombre?».
  • Ellos respondieron:
  • «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».
  • Pilato les dijo:
  • «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen». 
  • Los judíos le dijeron: 
  • «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».
  • Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: 
  • «¿Eres tú el rey de los judíos?».
  • Jesús le respondió:
  • «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?».
  • Pilato explicó:
  • «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho».
  • Jesús respondió:
  • «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».
  • Pilato le dijo: 
  • «¿Entonces tú eres rey». 
  • Jesús respondió: 
  • «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».
  • Pilato le preguntó: 
  • «¿Qué es la verdad?». 
  • Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: 
  • «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?».
  • Ellos comenzaron a gritar, diciendo: 
  • «¡A él no, a Barrabás!». 
  • Barrabás era un bandido.
¡Salud, rey de los judíos!
  • Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían: 
  • «¡Salud, rey de los judíos!»
  • Y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo: 
  • «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena».
  • Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: 
  • «¡Aquí tienen al hombre!».
  • Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron:
  • «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». 
  • Pilato les dijo: 
  • «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo».
  • Los judíos respondieron: 
  • «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios».
  • Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: 
  • «¿De dónde eres tú?».
  • Pero Jesús no lo respondió nada. Pilato le dijo: 
  • «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?».
  • Jesús le respondió: 
  • «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».
¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!
  • Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: 
  • «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César». 
  • Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo, «Gábata». Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: 
  • «Aquí tienen a su rey».
  • Ellos vociferaban:
  • «¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!». 
  • Pilato les dijo: 
  • «¿Voy a crucificar a su rey?». 
  • Los sumos sacerdotes respondieron: 
  • «No tenemos otro rey que el César».
  • Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron.
   Ahí le tienen, de camino donde Caifás, de ahí a donde Pilatos, de Pilatos a Herodes y de este a Pilatos de nuevo… ¡Pero si no es culpable y lo sabéis! ¿Por qué continuáis? Ya… que queréis cargároslo a toda costa… Veo el trato que se nos da a los cristianos en muchos medios de comunicación (Redes sociales, algunos periódicos, ciertos canales de televisión), queriendo cargarnos a todos los individuos mil y un mochuelos que puedan hacer uno o dos, y me da la impresión de que la historia se repite. Los cristianos somos un blanco fácil por que se nos enseña a no responder a las provocaciones y a poner la otra mejilla. ¿Y nosotros? ¿Cuál es nuestra actitud? ¿Callamos como Jesús? ¿Recordamos como él que nuestro reino, aquél donde él nos espera no es de este mundo y que la gente no tendría poder sobre nosotros si nuestro padre desde lo alto no se lo hubiese otorgado?... ¿O como Pedro, cuando las cosas se ponen feas llegamos a negarlo? ¿Somos igual de cobardes y cual avestruz, a la hora de ver el peligro escondemos la cabeza en el agujero de nuestra casa y ponemos la tele para evadirnos y negar la realidad? 2000 años de historia nos contemplan, y a nosotros no nos espera una cruz donde ser colgados, ni los leones del circo; únicamente nos enfrentamos a las palabras de los demás.
           


                                                            Vía Crucis


     ¡Salvajes! Todo mi cuerpo es atravesado por esa palabra que se rebulle con rabia en mi interior cuando veo su estado. ¿Era necesario tanto castigo? Bañado en sangre, ¡en su propia sangre!, golpeado, insultado, vilipendiado, cargando con una cruz con la que apenas puede y encima cuesta arriba y a la vista de todos; con el polvo del camino penetrando en las heridas aún abiertas… Y yo sigo mirando. Tengo unas manos grandes de trabajador, unos brazos enormes y una espalda fuerte para la que sería un juego de niños cargar con ese madero. También podría ponerme en medio de todos, tirar la cruz al suelo y liarme a mamporros con los guardias y con todo el que quisiera evitar su huída… Pero no. Como uno más, el miedo a compartir su destino, la comodidad de no complicarme la vida, tal vez el alivio por saber que eso a mí no va a pasarme, hacen que me quede congelado donde estoy. Con todo mi ser lleno de rabia y dolor por lo que veo, pero incapaz de mover un dedo. Miro mis manos nuevamente: el no hacer nada las llena de sangre, de su sangre. Una vez más, mi inacción me hace cómplice de su muerte.

            A día de hoy, mucha gente sufre de injusticia, y recibe tratos iguales o peores; cada vez que esto sucede, Jesús vuelve a recorrer el vía crucis, y nosotros quedándonos quietos, permitimos que suceda una vez más… ¿Hasta cuando?
         
                                                                     Crucifixión

 Lo crucificaron, y con Él a otros dos

  • Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: "Jesús el Nazareno, rey de los judíos", y la hizo poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: 
  • «No escribas: "El rey de los judíos". sino: "Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos"».
  • Pilato respondió: 
  • «Lo escrito, escrito está».
Se repartieron sus vestiduras
  • Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: 
  • «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.» 
  • Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
¡Aquí tienes a tu hijo! ¡Aquí tienes a tu madre!
  • Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: 
  • «Mujer, aquí tienes a tu hijo».
  • Luego dijo al discípulo: 
  • «Aquí tienes a tu madre». 
  • Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Todo se ha cumplido
  • Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: 
  • «Tengo sed».
  • Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: 
  • «Todo se ha cumplido». 
  • E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
          “E, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu”.
Ya está. Ya yace muerto y yo no he hecho nada para remediarlo. Ha sufrido un verdadero calvario. En las películas, al final el prota casi siempre acaba salvándose de las más imposibles situaciones, de muertes casi seguras. Deben tener un poder especial ¿no? Un poder … ¿mayor que el de Dios? Venga ya.
Jesús hubiera podido salvarse. Su Padre hubiera hecho lo imposible por sacarle de ese suplicio. ¿Crees que hoy estarías tú aquí, en una comunidad parroquial, leyendo esto y buscando el mejor camino para tu vida, el camino que Él nos enseñó, si hubiera renunciado a su doctrina, si no hubiera llegado hasta el final? Él estaba tan convencido de que su doctrina era verdadera que no le importó poner en riesgo su vida e incluso perderla. ¿Somos nosotros tan valientes? ¿Defendemos nuestros valores y los ponemos en práctica a pesar de las consecuencias que pueden traernos?
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Antes de entregar el Espíritu Él mismo intercedió por nosotros, ya pidió al Padre que nos perdonara. Gracias a Él tenemos la misericordia eterna de Dios, que perdona hasta setenta veces siete. ¿Tenemos esta experiencia de Perdón, de que podemos acudir a su encuentro siempre para arrepentirnos de lo que no hacemos del todo bien, o del bien que dejamos de hacer a veces?
En este día se recuerda de un modo especial, pero domingo tras domingo en la Eucaristía tenemos la oportunidad de revivir estos momentos de perdón, este mensaje de amor y salvación.




                                                    Sábado Santo

           Ya está. Ha pasado lo que tenía que pasar. Se lo han cargado. Y yo que pensaba que sería capaz de salir indemne, que sacaría a relucir su poder celestial, o que saldría corriendo para no sufrir daños. Pero no, ha muerto de verdad. Incluso un soldado le ha traspasado el costado con su lanza. Así que ya no hay esperanza.
¿Y ahora qué? Qué soledad nos ha quedado. ¿Cómo vamos a salir adelante sin Él? ¿Habrá que abandonarlo todo? ¿Será que el camino que habíamos tomado no es realmente el mejor? ¿No tendrán razón los que le han quitado de en medio?
No puede ser, estoy convencido de que el camino es el correcto, lo sé, algo dentro de mí me lo dice, algo dentro de mí vibraba cuando le escuchaba. Pero, ¿qué hacer si no está Él para enseñarnos, para perdonarnos, para darnos valor?
Cuántas dudas me deja su ausencia. ¿Seré capaz de seguir apostando por eso? ¿Y por qué no? ¿No me había dado cuenta de que ese estilo de vida que me ha enseñado es el que me hace feliz?
Es más, ¿realmente se ha ido, nos ha dejado? ¿No nos dijo que estaría siempre con nosotros?
Confieso que tengo dudas, que no acabo de ver el futuro, que lo que me apetece es encerrarme en casa y no salir, por miedo a que me relacionen con Él. Pero hay algo, hay una pequeña esperanza, que no sé de dónde sale, pero que parece un rayo de luz en el horizonte. Aunque hoy no me ilumina nada…




Domingo de Resurrección.


Lucas 24
1 El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.
2 Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro,
3 y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
4 No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes.
5 Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?

6 No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo:
7 "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite. "»
8 Y ellas recordaron sus palabras.
9 Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás.
10 Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas.

11 Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían.
12 Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido.

            ¡Sí! ¡Lo sabía! ¡Sabía que esa esperanza, ese rayo de luz, venía de algún lado! Pero si ya nos lo había dicho, ya nos lo había anunciado, ¿por qué no confiamos más en Él?
Ha resucitado, le han visto las mujeres (qué curioso, se ha aparecido a ellas primero). A otros compañeros les salió al encuentro en el camino, ¡y no le reconocieron! Tuvo que ponerse a partir para ellos el pan, y entonces se dieron cuenta. Espero que no me pase a mí lo mismo, espero que también me salga el encuentro en el camino y que sea capaz de reconocerle y de seguirle.
¡Qué alegría! Mis creencias, los principios que se tambaleaban, vuelven a ser fuertes en mí. Incluso más fuertes. ¿Será que ha tenido que morir para que yo me convenza de que ese es el camino? Lo cierto es que Él ha defendido su doctrina hasta las últimas consecuencias. ¿Tendré yo tantas agallas? ¿Seré capaz de vivir contracorriente, de salir de la comodidad, de ver a los demás como hermanos y ponerme a su servicio?

viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Ha resucitado!


¡Ha resucitado!.
         ¡Alegrémonos! Sí, puede parecer raro que aún no ha empezado la semana santa, y ya estemos con estos pensamientos más propios de tiempo de Pascua, pero esa es la maravillosa realidad que quiero compartir con tod@s vosotr@s.
         Recuerdo que siempre me han presentado la semana santa como un tiempo doloroso en el que Jesús es traicionado por uno de los suyos; y después padece el más horroroso de los maltratos hasta recibir una muerte igualmente horrible. ¡Vaya fiestas tenemos los cristianos ¿no? 

La verdad es que es la imagen que siempre me ha llegado de la semana santa, un tiempo de tristeza, llanto y sacar la figura de un Jesús traicionado, maltratado, vilipendiado y muerto, y ya está.
¿Esta es la imagen de Jesús que tenemos? ¿Este es el hijo de Dios que venía a salvarnos? ¿El que debía traernos esperanza? Parece que sí, o ese es el mensaje que muchos tenemos grabado en nuestras conciencias.

Pero yo quiero hablaros de una Pascua distinta: Quiero hablaros de una pascua en la que Jesús en vez de llegar a lomos de un maravilloso caballo, lo hace sobre un pequeño burrito, para recordarnos la importancia que tiene ser humilde.
De un Jesús que se entrega, que nos muestra la alegría de compartir y de querer a los demás hasta el extremo de entregar su carne y su sangre por nosotros. De ese Jesús, amigo, compañero, hermano y maestro, que nos dice que siempre estará con nosotros.
Pascua es rememorar también ese hermoso momento en el que Jesús les lava los pies a sus apóstoles (amigos) en señal de servidumbre, para darnos la lección de que el más pequeño e insignificante de los hombres, aquel que se pone en servicio de los demás, es el que estará mejor visto a ojos de Dios; Pascua es ese momento de reflexionar y hacer autocrítica de si hemos obrado realmente bien o mal en nuestro caminar por la vida, y de tener la oportunidad de reconciliarnos con nuestros hermanos.
Sí, no puedo olvidar lo mencionado en las líneas de arriba: Jesús fue traicionado, maltratado, y, al final, muere en la cruz, totalmente solo y abandonado, sin que ninguno de sus amigos, los llamados apóstoles, compartan su destino.
Pero, ¿recordáis cómo acaba la cosa? Jesús no se queda muerto y quietecito en su sepulcro y fin de la historia; ni mucho menos.
         Pascua es participar del maravilloso milagro de la resurrección. A través de ella, Jesús nos muestra que la muerte no es el final. Nos ha abierto una ventana a aquello que nos espera, al reino de Dios Padre y nos lo dice bien claro: “¡Alegraos! ¡Alegraos de corazón! La muerte ha sido vencida, y ella no será el final para ninguno de vosotros. Es momento de alegría y regocijo; pues este es el regalo del padre a sus queridos hijos; y para ello, todos los padecimientos por los que puede pasar un hombre, me los ha hecho pasar a mí, para que tengáis esperanza, ilusión y alegría por que yo he pasado por lo mismo que vosotros y me quedo para siempre en vuestra compañía demostrando, que aún así, la vida y el amor del Padre, prevalecen sobre todo lo demás”
Jesús, vuelve del umbral de la muerte, para recordarnos que esta no es la que tiene la última palabra; si no Dios. Jesús nos muestra qué es lo que nos espera, y lo hace con el calor de su sonrisa, y el amor que nos tiene, y ese, es el verdadero mensaje que debemos llevar con nosotros: Ha resucitado, ¡resucita tú también, y vive la Pascua con alegría!